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Liderazgo en Democracia: ¿mandar o servir?

Nietzsche opinaba que lo que mueve al ser humano es la “voluntad de poder”; el querer alcanzar obsesivamente el éxito, los logros y los más altos puestos de cualquier organización.
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Por otro lado, tenemos la experiencia que no nos gusta hacer negocios con un mentiroso ni hacerse amigos con un hipócrita. Más bien queremos trabajar, vivir, amar y tener de líder o de vecino a alguien con integridad, honradez y corazón valiente (magnánimo). De hecho, los estilos de liderazgo ahora se orientan a ver la autoridad como una forma de servir. En esta visión refrescante, los puestos de poder en una empresa, una gremial, una asociación, un partido político o cargo de Estado o Gobierno, son considerados como una oportunidad para promover el Bien Común.

Pero, ¿cómo tomar el hecho que unos son más inteligentes que otros? ¿O más hábiles en un deporte? ¿Es posible eliminar las clases socioeconómicas? No tengo respuestas, pero de lo que estoy segura es de que tenemos igual dignidad esencial, lo cual me basta para tratar con respeto incondicional a cada cual.

Conviene por tanto, reflexionar acerca de qué es la autoridad y quién manda. “Conviene advertir que la sociedad entera está llena de formas de ejercer la autoridad, desde las grandes hasta las pequeñas, desde el presidente de una gran compañía hasta una bibliotecaria...” Ricardo Yepes Stork. “La diferencia de situaciones y la limitación humana de recursos, conocimientos y capacidades, siempre presente, funda el hecho de que de modo espontáneo y natural se dé la inferioridad y superioridad de unos frente a otros. Estas superioridades nunca son absolutas, sino relativas y por tanto adquiridas: del mismo modo que aparecen, se extinguen con el paso del tiempo. Cuando la superioridad de uno frente al otro, nunca total, sino siempre referida a un aspecto o bien concreto, lleva a que uno disponga de la libertad del otro, en orden a compartir el bien de que se trate, aparece la autoridad, que es, por tanto, un llegar a disponer de otras libertades en orden a un bien. Pero disponer es ordenar al fin, luego la autoridad es la instancia que dirige a los hombres hacia los bienes que constituyen su fin... Todo lo que se aparte de eso implica corrupción de la autoridad, es decir, autoritarismo y prostitución de la libertad de otros y de los bienes comunes que entonces dejan de comunicarse y alcanzarse. La perversión de la autoridad es el más grave daño que puede sufrir la comunidad humana y viceversa: no hay nada que esté más elevado por encima del hombre que esta tremenda capacidad de llegar a disponer de la libertad de otros... La autoridad nadie la tiene por nacimiento; por tanto, nunca es natural, sino adquirida; se llega a ella, no se nace con ella. Ninguna persona puede apropiársela: solamente puede recibirla cuando otros se la otorgan, puesto que con ella le otorgan su propia libertad, como hacen los esposos al entregarse recíprocamente sus personas. No hay nada que dignifique que ser una autoridad justa, y nada que le degrade más, a él y a los otros, que ser una autoridad injusta, puesto que la libertad de otro es un bien superior a cualquiera que el hombre pueda obtener por sí mismo.” Continuará.

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