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Liderazgo ético. ¿Una utopía salvadoreña?

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Un líder tiene seguidores porque influye sobre ellos. Dicha influencia se denomina “poder”. En consecuencia, un líder lo es porque ejerce poder sobre sus seguidores. La palabra “poder” en sí misma no tiene una connotación de maldad, a menos que la influencia sobre otras personas esté signada por el abuso, el temor o la manipulación. En cambio, si el poder se ejerce en buena lid, es decir, tratando de influir para conducir sobre un derrotero que lleve a las personas a tener dignidad y respeto, es valioso y necesario.

Si el poder se ejerce desde el abuso, se convierte en una búsqueda personal de intereses y para lograrlos se pone en práctica el famoso lema maquiavélico “el fin justifica los medios”. Si el poder se ejerce generando temor, se expandirá el argumento de desesperanza enfatizando que las crisis de la sociedad no tienen solución por lo que los seguidores permanecerán en una inercia desgarradora absoluta. Si el poder se ejerce desde la manipulación, lo que prevalecerá es la mentira ocultando la verdad hasta convertirla en un pequeñísimo punto a la distancia.

Si el líder ejerce este tipo de poder, buscará perpetuarse siempre, porque mientras más se afiance, más temerá perderlo. Buscará seguir recibiendo los beneficios y el acompañamiento de sus mismos seguidores, que por el temor o la manipulación, conscientes o inconscientes lo respaldarán. Y cuando se llega a este punto, es difícil separar el abuso, del temor y la manipulación, ya que se han mezclado para formar una causa diferente, tan antigua como nueva, tan aparentemente bondadosa como aterradora. Si un líder ejerce este tipo de poder, puede o no dar la cara. Si la da es cínico. Si no la da, se esconderá en otra u otras personas, pero no soltará los hilos y se volverá un experto inquisidor, generando las intrigas más desconcertantes que le sirvan a sus propósitos.

Sin embargo, existe otro tipo de líder que ejerce poder desde el punto pequeñísimo a la distancia donde se ubica la verdad. Porque esta no muere; está allá, lejos, pero palpitando. Y con la influencia del líder sobre sus seguidores, emerge derrumbando todo el poderío de la mentira. Este líder proviene del núcleo mismo de sus seguidores, por eso no tiene ningún reparo en relacionarse con ellos, es transparente y da el rostro. No se esconde. Se vuelve elocuente, porque habla desde el corazón; y no ceja en su empeño de preparar a su sucesor: Mandela es un ejemplo vivo de esta acción; al separarse del Ejecutivo, cuando finalizó su período como primer presidente negro de Sudáfrica, aun y cuando el pueblo aprobaba su continuación en dicho cargo.

Las principales características de este líder son la humildad y honestidad con que actúa y el empeño que tiene de tratar a las personas con respeto y dignidad. No busca el abuso, el temor ni la manipulación. Hace lo correcto, correctamente y algo más, predica con el ejemplo y no se olvida de la esperanza.

Para nosotros, los acongojados salvadoreños aparentemente el liderazgo ético es una utopía, pero no es así, no debe fenecer la esperanza, porque esta es la semilla que provocará su surgimiento. Porque mientras mayor es el caos social, más obligado se vuelve su latido.

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