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Nunca creí que la recomendación de no escribir sobre el gobierno, el círculo en el poder o los comediantes del gabinete me vendría de una persona que bien me quiere.

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Cristian Villalta

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Ocurrió hace poquito, mientras nos tomábamos un café y conversábamos de otra cosa.

"Al menos no lo hagas tan seguido", me dijo. Y claro, ya que cada es más común la noción de que criticar al gobierno es recibir el protocolo Wálter de hostigamiento digital, que incluye insultos de la peor ralea, no quieres ver a alguien que amas sometido al escarnio de los troles, al fusilamiento digital en plaza pública, al temible youtuber de la muerte y otras versiones contemporáneas de las diez plagas.

Aún así el consejo no me cayó muy bien, demo admitir. Me puse una pizca menos imbécil de lo que puedo, que no es poco. Esta, pues, es como una disculpa, torpe probablemente.

Es cierto, hay muchos temas más apasionantes que la ausencia de dirección de este gobierno, sus manierismos intolerantes o los impúberes excesos de su presidente. Me gustaría escribir sobre los tigres de Borges, o sobre por qué el terror y el romanticismo son géneros hermanos en la literatura alemana, o sobre el dadaísmo y el teatro del absurdo. O sobre si la lucha libre es entretenimiento deportivo o únicamente kitsch. Y bien sabes que llenaría páginas diciendo lo que hay en los ojos de Mary.

Pero pasa que estoy cada vez más preocupado por lo que oigo, por lo que veo, y siendo que lo único que puedo hacer al respecto es escribir, ¿qué hago sino escribir?

Me preocupa que otros que creen en las mismas cosas que nosotros, que es en defender la vida, la paz, la tolerancia y la democracia, estén más amedrentados que preocupados. Algunos han renunciado a tener una voz, y los más evalúan ofrecer sus opiniones pero de un modo que no sea incómodo.

Eso no me es posible. Soy un mamífero, ya sabes: sangre caliente, cinco sentidos. De reptil, nada; de invertebrado como las ligosas, menos. Por eso no puedo ofrecer una versión light de mi mismo, de mis ideas, ni evitar que esta época en la que algunos quieren preservar el equilibrio a costa de su conciencia me enferme el estómago. ¿Quién aspira a vivir sólo sobreviviendo?

Al igual que los que me honran leyendo estas líneas cada dos semanas, no pertenezco al círculo del poder ni al de las grandes decisiones. Al igual que estas personas, soy gente de la calle, de alegrías sencillas y aspiraciones sencillas, una de ellas vivir con libertad de criterio, aceptando las diferencias entre nosotros. Bueno, casi todas las diferencias, excepto las que tengo con los que el último año han pregonado que en el país sólo caben quienes creen en lo mismo. Ni siquiera durante los gobiernos del FMLN la intolerancia tuvo una maldita primavera como ahora.

Sí. Tristemente, el presidente está muy confundido, sin entender un carajo su deber constitucional y girando carta blanca a algunos burócratas de su gabinete con ínfulas de dictadorcillos. Son los que hostigan a su personal, humillándolo por haber trabajado para administraciones anteriores; son los que se comunican de modo vulgar, abusivo y matón cada vez que pueden.

Por eso en las filas militares se percibe un tufito ochentero; por eso un funcionario se atreve de lo más fresco a ofrecerle la extradición a un periodista. Es un germen cochino, infeccioso, que se esparce por contacto directo en cócteles y juntas. Pero para combatirlo hay que abrir la boca, no cerrarla.

Claro que sin un abrazo tuyo, no vale la pena ;)

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