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Llamado a la cordura

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Sigfrido Munés - Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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El Salvador no puede ser juguete ni patrimonio de personas o grupos que llamen a la muerte, la destrucción y la guerra. Ya hemos tenido suficiente dolor y duelo al ver al país sumergirse durante más de doce años en el contexto de la guerra fría, cuando fuerzas extrañas patrocinaron que miles de salvadoreños entregaran sus vidas voluntariamente o fueran sacrificados sin saber por qué. La mayoría de ellos personas humildes, pobres y vulnerables: cerca de 80 mil compatriotas que en la mayoría de los casos dejaron desprotegidos y en la miseria a sus cónyuges, padres e hijos.

El derecho de insurrección alegado en los días presentes por grupos o personas anti sistema corresponde en todo caso al pueblo según el artículo 87 de la Constitución (y no a grupos anárquicos sin ideología ni programas conocidos). Es un derecho que no puede invocarse caprichosamente o por intereses particulares.

Los que irresponsablemente están llamando a la violencia no lo hacen por una idea, por un programa social o para consolidar el incipiente proceso democrático, sino para apoyar a un millonario en sus conflictos con la ley, incluido el impago de impuestos sobre ingresos no declarados. Eso es un delito común, no excusable en un país donde la población de menores recursos es la que carga con la mayoría de los impuestos indirectos que sostienen al aparato gubernamental y la burocracia. En El Salvador los pobres son los que pagan más impuestos y eso solamente puede corregirse en un estado de derecho donde prevalezcan la institucionalidad y la ley, y no los intereses de personas o grupos familiares.

Pero quienes apoyan tales intereses están a tiempo de corregir sus devaneos y pueden afiliarse pacíficamente a los partidos nuevos o tradicionales que cumplen y han cumplido con las normas legales, es decir con lo que mandan la Constitución y el Código Electoral. Esos partidos, con todos sus méritos, defectos, debilidades y fallas, ahí están, sujetos a los cambios y sanciones que legalmente les puedan ser aplicados. La denominada clase política ha evolucionado, pese a la supervivencia de conocidos vividores, que van quedando relegados ante el empuje de nuevos elementos, jóvenes limpios y mejor preparados. Es decir, jóvenes que, sin mayores recursos económicos, aplicaron su esfuerzo en los estudios para ampliar su filosofía y visión de la vida y la sociedad. Gente que en muchos casos obtuvo un título a base de sacrificio y dedicación. Esos son los que el país necesita que se sumen a la gente honesta de mayor experiencia para poder aplicar un proceso de reingeniería evidentemente necesario.

En la peligrosa situación de llamamientos a la violencia que increíblemente se da en nuestros días, hace falta que se haga oír voces de figuras que han construido un prestigio sólido dentro del CD, como decir la del doctor Héctor Dada Hirezi. Se trata de un maestro respetado tanto por personas afines a sus ideas, como por quienes difieren de ellas, pero de quien nadie discute su honradez. Héctor puede y debe calmar los ánimos de gente exaltada. Y el ingeniero Aquilino Duarte puede hacer equipo con Dada, para llevar la calma a un grupo humano digno de mejor suerte.

Porque amamos a nuestras familias y El Salvador lo merece, ¡defendamos la paz!

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