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Llega el verano

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Las veleidades del clima se han venido haciendo cada vez más atrevidas en los tiempos recientes; y hoy eso que se llama, por llamarlo de alguna manera, “cambio climático” más parece en ciertos momentos una sucursal voluntariosa del Martes de Carnaval. Estamos en octubre, y el verano toca a las puertas. En otro tiempo, la primera quincena de octubre era el tiempo de despedida del invierno, con una fecha que nunca fallaba: el 4 de octubre, Día de San Francisco de Asís, en cuya tarde se producía sin falta el famoso “cordonazo de San Francisco”, una tormenta con todas las de la ley. La segunda quincena del mes proliferaban, también sin falta, los famosos vientos de octubre, con su entusiasta frescura característica. Y al final del mes, el verano se instalaba a plenitud. Hoy vivimos, climáticamente y en todos los otros órdenes, en el mundo de lo imprevisible. Los vientos de octubre, para el caso, andan a la deriva, y las lluvias sorpresivas pueden ocurrir en cualquier momento. Pero dentro de toda esa indisciplina, el invierno y el verano de este trópico benigno conservan su esencia propia. Qué acogedores son los atardeceres lluviosos y qué inspiradores son los amaneceres “brisueños”, es decir poblados de brisas. En estos días del final de octubre los cielos estrellados ganan presencia. Y el aire en movimiento parece destapar con gran facilidad y generosidad sus alforjas de fragancias. Las arboledas se disponen a poner en acción las energías acumuladas durante el invierno; y si pudieran hacerlo, se irían a peregrinar hacia los templos escondidos del horizonte. Hagámoslo nosotros en representación de ellas...

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