Llegan 27 diputados nuevos a la Asamblea Legislativa: habrá que ver cómo se hacen sentir

Más que nunca, es hora de sumar, no de dividir. Por consiguiente tendría que quedar erradicada la perversa práctica del transfuguismo inducido, que con el fin de establecer mayorías artificiales contamina todo el organismo institucional.
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Las elecciones legislativas recién pasadas dejaron diferentes señales en el ambiente, y una de ellas es el hecho de que más del 30 % de los diputados elegidos son caras nuevas en la Asamblea, muchos de ellos jóvenes que están iniciando su trayectoria política institucional, principalmente en el bloque de derecha. Tal acontecimiento no es casual, sino que, por el contrario, responde a una dinámica sociopolítica que se ha venido haciendo cada vez más evidente e imperiosa: el ejercicio del relevo, que no es mecánico en el sentido de centrarlo sólo en la edad, sino que es sustantivo en el sentido de promover pensamientos y actitudes acordes con la actualidad tanto nacional como global.

La política nacional está profundamente contaminada de perversiones, que vienen de muy lejos en el tiempo. La revigorización democratizadora ha sido una especie de purgación benévola, que va dejando efectos regenerativos, pero que requiere tiempo y perseverancia. Y en las condiciones actuales todo apunta hacia un esquema diferente de gestión pública, en el que no sólo se manifieste más clara y fuertemente la voluntad ciudadana sino que las visiones y las ideas renovadoras puedan tomar el puesto que les corresponde en los distintos ámbitos donde se toman las decisiones de mayor significación.

Desde luego, ninguna renovación se puede hacer a golpe de puerta: hay que habilitar líneas de acceso a la nueva realidad que se está implantando en el escenario del país. En lo que a la Asamblea Legislativa se refiere, se trata de un espacio donde han prevalecido la intriga política y la manipulación de las voluntades. Dada la trascendencia de lo que ahí se discute y se decide, es fundamental que el cuerpo legislativo reafirme toda su prestancia institucional, en función de los vitales intereses de la nación. Lograrlo, con visiones frescas y propósitos de servicio al bien común, es lo que la ciudadanía está esperando en la legislatura que se activará el 1 de mayo.

Más que nunca, es hora de sumar, no de dividir. Por consiguiente tendría que quedar erradicada la perversa práctica del transfuguismo inducido, que con el fin de establecer mayorías artificiales contamina todo el organismo institucional. Y, por otra parte, las distintas fuerzas políticas representadas tienen que abrirse internamente a un ejercicio que trascienda el viejo y trasnochado verticalismo, para darle vida a una práctica razonadora, en la que todas las ideas y todos los matices estratégicos tengan cabida. En la consecución de este logro los diputados y diputadas que llegan por primera vez pueden hacer una saludable diferencia, integradora y no divisiva.

En todas partes se viene imponiendo la lógica transideológica, en el sentido de que las ideas diferentes no son trincheras intocables, como se estilaba en la era de la bipolaridad que colapsó con la implosión del llamado socialismo real en Europa, sino vías fluyentes que van a dar al mismo océano, que es la realidad existente para todos. Los jóvenes, por su misma experiencia existencial, pueden entender mucho mejor el fenómeno que aquéllos que se criaron y crecieron en las eras de la confrontación sin tregua. Y ese es otro elemento esperanzador que se activa con la llegada de tantos jóvenes a la nueva legislatura.

No se trata de montar un conflicto entre lo viejo y lo nuevo: se trata de que lo nuevo aporte fertilizantes de punta al cultivo de las soluciones factibles de nuestros variados problemas. Esperamos que lo nuevo no se quede en números, sino que trascienda a fuerza viva.

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