Lo más importante en este momento es que la sociedad en su conjunto perciba que hay soluciones en perspectiva

Los enunciados pueden ser muy elocuentes y aun convincentes como tales, pero si no pasan a ser motores con capacidad de mover la realidad hacia lo que el país necesita y la ciudadanía demanda, las frustraciones se continuarán acumulando en el ambiente.
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El acoso de la delincuencia organizada contra la ciudadanía y contra la institucionalidad ha venido haciéndose cada vez más intenso, hasta dar la sensación de que está efectivamente fuera de control. El fenómeno de la inseguridad invade todos los ámbitos de la realidad, y eso hace que crezca la impaciencia ciudadana y que las actividades tanto públicas como privadas se vean afectadas de manera creciente, con las consecuencias adversas que eso acarrea. Lo que en tales circunstancias se requiere con apremio es que comiencen a verse señales de que la ley y la autoridad recuperan el control de la situación, para que puedan irse produciendo, a partir de ahí, los dinamismos que conduzcan a la normalidad en todos los órdenes.

En estos días se han puesto sobre el tapete de la opinión pública algunas iniciativas que podrían apuntar en la ruta de lo que se requiere para darle un giro positivo a la situación nacional: el Plan Quinquenal que ha presentado el Gobierno y las recomendaciones que en el campo de la seguridad ha hecho el Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana y Convivencia. En ambos casos hay planteamientos importantes sobre lo que tendría que emprenderse para tratar la problemática tan compleja que el país tiene que enfrentar cuanto antes. Pero también en ambos casos es preciso definir la estrategia básica, que le dé sustento al trabajo por hacer. Es decir, hay que partir de una matriz fundamental, que contenga los vínculos entre todos los temas por tratar y por resolver. No basta el catálogo de acciones: hay que enlazarlas en sus raíces.

Una de las claves de cualquier esfuerzo para entrar en la ruta de solución de problemas, y sobre todo cuando estos tienen la gravedad y la complejidad de los que traumatizan actualmente la realidad nacional, está en ordenar cronológicamente las acciones por medio de un calendario preciso, en el que se fijen fechas para que las cosas ocurran. Si algo valioso y habilitante tuvo el Acuerdo de Paz que se suscribió el 16 de enero de 1992 fue que vino acompañado por un calendario muy puntual, con días definidos. Cuando posteriormente hubo necesidad de recalendarizar ciertos acontecimientos lo que se hizo fue fijar una fecha posterior, sin dejar nada a la eventualidad de lo que pudiera venir. Así se hace posible saber si algo funciona o no funciona en el tiempo.

Y como complemento indispensable del calendario deben estar las fórmulas y mecanismos de monitoreo y de verificación de lo que se va logrando y de lo que no se ha podido concretar, para así tomar las medidas impulsoras o correctivas que se hagan necesarias. Si no existen esas fórmulas y esos mecanismos lo que ocurre es que los propósitos se van quedando a la buena de Dios, conforme al vaivén de las circunstancias; y esto es inconveniente al máximo, sobre todo cuando no existe una cultura de colaboración natural entre fuerzas y sectores nacionales, y, por consiguiente, prevalece la tentación improvisadora y tratan de imponerse a toda costa los vaivenes del momento.

Lo que a partir de ahora debería venir es el compromiso inequívoco de poner en verdadera práctica todo esto que se está proponiendo. Los enunciados pueden ser muy elocuentes y aun convincentes como tales, pero si no pasan a ser motores con capacidad de mover la realidad hacia lo que el país necesita y la ciudadanía demanda, las frustraciones se continuarán acumulando en el ambiente. Y tal acumulación puede llegar a ser explosiva en forma impredecible.

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