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Lo más importante es crear una atmósfera nacional que genere confianza, garantice seguridad y propicie crecimiento

Precisamente por ello, el balance del segundo año de gestión tendría que convertirse en un muestrario de lo que se necesita para impulsar de veras el esfuerzo de hacer de El Salvador un país viable en todos los sentidos.
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Al haber entrado ya en el tercer año de la gestión presidencial en funciones se constata con mayor énfasis el hecho de que los tiempos políticos son cada vez más acelerados porque las elecciones próximas, tanto las legislativas y locales y sobre todo las presidenciales se hacen visibles ya en el horizonte inmediato, con todo lo que eso significa como absorción de energías nacionales en función de las batallas electorales que se avecinan; pero en todo caso la realidad que vivimos los salvadoreños sigue haciéndose sentir en el ambiente, y dedicarle la atención y el empeño debidos es la primera responsabilidad de todos los actores en juego, incluyendo desde luego en primera línea a los que gobiernan y a los que están en la oposición.

Cumplir un año más dentro de un período gubernamental determinado siempre es momento oportuno para hacer mediciones y valoraciones sobre lo que ha ocurrido y sobre lo que no ha ocurrido en el lapso anterior; y dichas mediciones y valoraciones inevitablemente están marcadas por los distintos puntos de vista de aquellos que las realizan. Lo más valedero, sin embargo, es recoger todas las percepciones y opiniones para ponerlas, con la mayor objetividad posible, en la balanza de lo real. Ni la autocomplacencia ni la tendencia al rechazo pueden producir enfoques desprejuiciados y útiles para el avance efectivo del proceso nacional, como se comprueba sin dificultad en el día a día de la situación que se vive.

En las circunstancias actuales del país, más que el juego de las cifras, que nunca deja de ser manipulable, lo que verdaderamente debería importar es la clarificación inequívoca de lo que la sociedad salvadoreña necesita para moverse en la ruta de una auténtica modernización sostenida, de la cual hay ya bastantes elementos activados en el escenario nacional, pero a la cual le siguen faltando garantías de permanencia irreversible. Precisamente por ello, el balance del segundo año de gestión tendría que convertirse en un muestrario de lo que se necesita para impulsar de veras el esfuerzo de hacer de El Salvador un país viable en todos los sentidos.

Puestos en ese plano, lo que salta de inmediato a la vista es que hay factores vitales que o bien son aún insuficientes o bien continúan evidenciando distorsiones que hay que corregir. No se requieren mayores dotes analíticas para constatar que hay tres cosas que son fundamentales y que aún no funcionan como debe ser, pese a todas las palabrerías que se vierten al respecto: la confianza que asegure predictibilidad de largo alcance, la seguridad en todos los sentidos y el crecimiento económico suficiente para garantizar desarrollo.

Sólo en la medida que la confianza, la seguridad y el crecimiento se instalen definitivamente en los diversos espacios de vida habrá estabilidad y progreso efectivamente conjugados. A eso hay que apostarle de manera articulada y comprometida, haciendo acopio de voluntades para que el esfuerzo integrado valga la pena. Si bien hay que contabilizar los pequeños triunfos y los pequeños fracasos en la ruta, a lo que todos tendrían que apuntarle es la configuración de un esquema nacional que efectivamente pueda mover al país hacia sus grandes metas, que también hay que definir cuanto antes.

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