Lo más importante para garantizar estrategias funcionales es que se mantengan líneas de acción en el tiempo

Los partidos, cuando llegan al ejercicio del poder, lo hacen como si éste fuera una zona exclusiva, de la que deben preocuparse sólo durante el tiempo en que están al mando.
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Por tradición, los salvadoreños hemos sido reacios a construir estrategias de acción que verdaderamente puedan generar resultados consistentes y sustentables en el terreno de los hechos reales. Dicha actitud resistente surgió, de seguro, de la mala práctica del poder durante todo el tiempo anterior al inicio de la democratización allá a comienzos de los años 80 del pasado siglo, pues dicha práctica de poder sólo respondía a los intereses de los poderosos de turno y dichos intereses se iban moviendo dentro de un esquema rígido que se hacía valer por sí mismo. Sin embargo, el ejercicio del poder político ha venido evolucionando hacia nuevas formas de participación y de competitividad, y por consiguiente es la misma realidad la que está demandando contar con proyectos estratégicos acordes con los tiempos y activados conforme a la dinámica propia del presente.

Como se ha repetido tantas veces y es tan evidente en la realidad del día a día, dos son las problemáticas que más inciden en la anormalidad y en el descontrol que vivimos: el auge desbordado del crimen y la insuficiencia del esquema económico para atender a las necesidades y a las aspiraciones de la población en general. Tanto las fuerzas políticas como las fuerzas sociales tendrían que haberles prestado la debida y oportuna atención a estas problemáticas tan delicadas y desafiantes; y al no haberlo hecho con la premura, la visión y la inteligencia pertinentes, lo que ha ocurrido es que hoy estamos crecientemente atrapados en la inoperancia y en el miedo.

Ahora ya no queda más opción que impulsar acciones excepcionales para tratar de atajar los efectos desastrosos que ambas situaciones están generando con creciente intensidad. Eso ya se está viendo en el ámbito de la emergencia delincuencial, como lo muestra el paquete de medidas que han sido aprobadas en la Asamblea Legislativa con el apoyo de todas los partidos, y que sólo son el comienzo del tratamiento extraordinario que las circunstancias hacen inaplazable.

Pero el hecho de que haya una urgencia como la que representa la inseguridad que, por su propia índole y accionar, acapara tanta atención inmediata no debe significar que se deje de atender con el empeño del caso las otras tareas pendientes. Temas como la escasez y la fragilidad el empleo, la insuficiencia y la baja calidad de los servicios públicos y la falta de garantías en lo tocante a la seguridad jurídica, entre otros, siguen siendo lastres muy pesados en el avance hacia el desarrollo, y de ahí derivan muchos de los quebrantos que golpean la realidad nacional.

Uno de los puntos fundamentales para desactivar los obstáculos del avance está en cambiar inteligentemente la forma en que se vienen manejando los tiempos políticos en el país. Los partidos, cuando llegan al ejercicio del poder, lo hacen como si éste fuera una zona exclusiva, de la que deben preocuparse sólo durante el tiempo en que están al mando. Y tal distorsión acaba por volverse perversión.

La democracia no admite tales reduccionismos, y por eso resulta clave que tanto los que están en el gobierno como los que están en la oposición integren voluntades, cada quien desde su posición respectiva, para que pueda haber estrategias de largo alcance, como son las que se requieren imperativamente para abordar los problemas más complejos.

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