Lo mejor del inicio del año es que se activan las expectativas de una vida diferente

Los salvadoreños tenemos que aprender a vernos y a sentirnos como comunidad en constante actividad intercomunicativa, y hacerlo en todos los planos, desde los pequeños vecindarios hasta las grandes concentraciones urbanas.
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Ayer fue el primer día de 2016, lo cual significa que estamos ya en un nuevo año, con una larga lista de cosas por hacer y con muchos altibajos en el ánimo nacional. Dice el dicho popular: “Año nuevo, vida nueva”. Y aunque no pueda ser literalmente así porque nunca se dan cortes radicales en el devenir de la realidad, por más que con frecuencia se insista en que los haya, siempre es motivador el recoger la invitación a que al menos se den nuevos alientos en el camino del diario vivir. En la coyuntura que vive el país se hace aún más necesario el auxilio de esos nuevos alientos, porque venimos cargando muchas insatisfacciones y muchas angustias que son producto de múltiples factores acumulados a lo largo del tiempo. Desalojar esas malezas y despejar esos nublados es crucial para instalar lo que efectivamente se pudiera llamar buen vivir.

Los salvadoreños tenemos que aprender a vernos y a sentirnos como comunidad en constante actividad intercomunicativa, y hacerlo en todos los planos, desde los pequeños vecindarios hasta las grandes concentraciones urbanas. Pero para que eso verdaderamente se dé es indispensable hacer renacer el sentimiento de Patria, es decir, de hogar nacional compartido. Al mencionar esto último ya sé que muchos gestos escépticos y muchas muecas despectivas aparecerán de inmediato; pero cuando la Patria se diluye ocurre lo mismo que cuando la familia se desintegra, y eso es lo que viene dándose en nuestro país, con muchas expresiones y matices, desde que el dinamismo sociológico interno puso a prueba la efectividad institucional y la creatividad social y ninguna de las dos pasó dicha prueba.

A estas alturas, El Salvador encara una especie de emergencia de orden estructural, que no puede ser resuelta con impulsos coyunturalistas. Estructuralmente hemos vivido siempre a la deriva, quizás creyendo con ingenuidad irresponsable que las cosas se van resolviendo por su cuenta o de seguro resignándonos a que un pequeño cúmulo de intereses –políticos y económicos— hagan de las suyas sin medir las consecuencias. En cualquier caso, esas consecuencias están aquí, activas e inmisericordes, desde hace rato, y ya no son disimulables o evadibles. Esto último es sin duda lo mejor que puede pasarnos en las circunstancias actuales. La consigna actual ya no puede ser otra que: Actuar o sucumbir. La acción correctiva y remodeladora se hace entonces cuestión de vida o muerte.

¿Y qué es lo que hay que corregir y remodelar? En primer término las actitudes frente al país y su destino presente y futuro: pasar de la improviación a la estrategia y de la indiferencia al compromiso. En segundo término los métodos de vida nacional: pasar del desencuentro a la interacción y de la dispersión al ordenamiento. En tercer término los manejos de la realidad tal como se va dando en cada momento histórico sucesivo: pasar del arrebato a la constancia y de la irresponsabilidad a la disciplina. El trabajo por hacer es por supuesto tarea de largo alcance, que no podría concretarse a plenitud en el término de un año o de unos cuantos años. 2016 nos dejaría su máxima herencia si al menos se iniciara, con visos de instalación permanente, la toma de conciencia de que ya no se puede ir por veredas: sólo la ruta directa tiene futuro.

Dada la aceleración que se viene apoderando de todos los procesos humanos en clave global, hoy los años van en tropel casi alucinante. Esto hace que sea más difícil encadenar acciones que puedan llevar a metas preestablecidas. Y con la indisciplina tradicional que nos ha caracterizado las dificultades de avance se multiplican. Esta temática debería estar en la primera línea del análisis desde todos los ángulos de la reflexión organizada, que desafortunadamente se dedica casi en forma exclusiva a tratar lo coyuntural, cuando es en lo estructural donde están los nudos originarios de todo lo demás. La posguerra como tal ya dio de sí: ahora hay que consolidar la nueva etapa histórica que se abrió en enero de 1992. Hacer ya sin retorno la transición de la sociedad dividida a la sociedad integrada.

Estamos, pues, en 2016. Los desafíos se multiplican, pero también lo hacen las oportunidades. Hay que tratar aquéllos y potenciar éstas. No queda más tiempo disponible. 2016 ya tiene agenda, que no la ha puesto nadie, salvo la realidad misma, que se despliega en el día a día. A trabajar se ha dicho.

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