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Lo peor que puede hacerse es invisibilizar los problemas, que así se van volviendo cada vez más inmanejables

No es momento para los personalismos extremos ni para las reacciones pasionales; las condiciones imperantes nos ponen enfrente una misión superior: servirle al país en la ruta del bien común.

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En nuestro país, la tradición sostenida y resistente al cambio nos pone ante una lacerante experiencia que se ha venido sucediendo con deplorable continuidad: dejar que la problemática nacional se mueva sin dirección resolutoria, lo cual ha conducido, una y otra vez, hacia callejones sin salida que acaban por volverse trampas históricas del más alto riesgo. Muchas cuestiones pueden traerse a cuento como ejemplos vivos de esa distorsión tozudamente sostenida y reiterada; y basta con señalar una de ellas, la que se refiere a la inseguridad en sus múltiples expresiones y en sus incontables variantes, para poner de relieve lo que todo esto significa como factor de quebranto permanente en los variados planos de la realidad, y muy especialmente en lo social y en lo económico, donde se concentran tantos elementos vitales del quehacer general.

En el país se ha ido manifestando en relación con lo anterior una experiencia en doble vía, que es muy determinante tener en cuenta para que los tratamientos de nuestros múltiples problemas de orden nacional puedan ir siendo tratados y resueltos en las formas que indican las visiones racionales y las prácticas inteligentes que deriven de las mismas; dicha doble vía puede ser descrita así: por una parte la supervivencia tenaz de los viejos enfoques y por otra el surgimiento insoslayable de los imperativos de cambio dentro de la atmósfera general que va soltando y poniendo al margen los obsoletos esquemas.

Lo que se ha puesto de relieve y en forma ascendentemente dramática en varias naciones de nuestro entorno latinoamericano hace ver, sin tapujos, que nadie es inmune a los trastornos de la insatisfacción ciudadana, aun cuando ésta haya permanecido envuelta en una bruma de artificios progresistas. En países con historial populista disfrazado de normalidad democrática, como Venezuela y Nicaragua, ese descontento acumulado en el ánimo ciudadano está presentando expresiones de recurrente cólera y frustración; y eso también se da en países que parecían avanzar tranquilamente por la ruta del progreso, como Chile, donde la cólera y la frustración se hicieron sentir de pronto ante el estupor de muchos. La verdad es que ya está visto que los problemas estallan al menor estímulo cuando están ahí, patentes o escondidos.

Agradezcámosle a la actualidad que se encuentre cada vez más negada a invisibilizar lo que ocurre en el ámbito de los hechos, lo cual si bien puede ser muy incómodo y desquiciante en momentos específicos, a la larga es mucho más sano que mantener vigente la colección de disfraces que les han hecho tanto daño tanto al sistema como a la población. Animarse a hacer visibles los problemas en sus verdaderas dimensiones y significaciones se vuelve una especie de seguro de sanidad institucional y de estabilidad social, que son dos factores de base para que la nación entera sea capaz de ir abriéndose hacia su mejor destino.

Nuestra ciudadanía ha ido entendiendo todo esto de una manera admirable y con gran voluntad de perseverancia, lo que ha puesto a los distintos liderazgos nacionales en situación de darle respuesta propia a tal ejemplo de percepción inteligente. La responsabilidad en verdad es de todos, y así hay que tomarla sin ninguna excusa aceptable. Lo sucedido recientemente en el área política tiene este origen, y por ello a todos nos toca hacernos partícipes, de modo crítico y a la vez positivo, de lo que pasa y de lo que puede pasar.

No es momento para los personalismos extremos ni para las reacciones pasionales; las condiciones imperantes nos ponen enfrente una misión superior: servirle al país en la ruta del bien común, con entereza y con constancia.

Tags:

  • inseguridad
  • doble vía
  • insatisfacción ciudadana

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