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Lo pertinente es controlar los ofrecimientos políticos para que no se conviertan en trampas de frustración

Y aquí hay que subrayar un punto clave: las promesas y los ofrecimientos políticos deben hacerse con la responsabilidad debida y con el acompañamiento de los mecanismos de verificación que los vuelvan creíbles.

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Uno de los fenómenos más recurrentes en nuestros días en los ámbitos políticos y sociales es la creciente frustración ciudadana por la forma en que se vienen comportando las estructuras y los liderazgos nacionales. Y esa no es una tendencia que se limite a una zona o a un país determinados, sino que se extiende por todas partes, de seguro como efecto de los cambios actitudinales que se manifiestan en las distintas sociedades de la comunidad global. Donde tal fenómeno se personaliza de manera más notoria es el área política, porque ahí hay una relación mucho más directa y expresiva entre la institucionalidad y el cuerpo social, ya que se da una representación que exige interacciones constantes.

En nuestro país, vamos acercándonos de manera acelerada al día en que los ciudadanos tendrán que tomar una decisión electoral del más alto nivel, ya que habrá relevo de conducción ejecutiva que entrará en vigor el 1 de junio del año que viene. Es del caso volver a recordar que en El Salvador se practica desde siempre un presidencialismo dominante, lo cual lleva un componente de liderazgo de alto relieve en la gestión presidencial. Este es otro factor muy determinante que debería tomarse siempre en cuenta a la hora de escoger candidatos para ocupar tal posición, ya que quien llegue a la Presidencia tendría que contar con capacidades conductoras tanto anímicas como procedimentales.

Como se patentiza con sólo indagar la opinión ciudadana en forma directa, lo que la gente quiere y busca son soluciones a los problemas que más inciden en la vida de las personas, de los grupos familiares y de las comunidades. Y ante esa intensa aspiración cada vez más convertida en presión, los salvadoreños nos volvemos más exigentes en relación con el desempeño institucional. Esto implica que hay más atención sobre lo que debe resultar de la gestión. Y aquí hay que subrayar un punto clave: las promesas y los ofrecimientos políticos deben hacerse con la responsabilidad debida y con el acompañamiento de los mecanismos de verificación que los vuelvan creíbles.

Cuando hablamos de trampas de frustración estamos haciendo referencia a que la falta de solución de problemas y el incumplimiento de las promesas y ofertas institucionales al respecto han hecho que la población vaya cargándose de suspicacias y de rechazos frente al desempeño de la función pública, y tal sentimiento se pone más en alerta cuando viene la hora de decidir en las urnas, pudiendo propiciar decisiones más pasionales que racionales.

Las fuerzas políticas tienen que abrirse desde adentro a las renovaciones que no sólo les otorguen funcionalidad sino también credibilidad, ya que en ambas dimensiones muestran déficits de altísimo riesgo para el sistema. En las campañas electorales siempre se habla de hacer evolucionar las estructuras partidarias, pero eso nunca pasa de ser discurso para congraciarse. Lo que en verdad tendría sentido es asegurar el tránsito de las palabras a los hechos.

Ojalá que en esta oportunidad haya algún tipo de avance sustentado en este aspecto tan decisivo para la suerte del proceso nacional.

Tags:

  • frustración ciudadana
  • política
  • soluciones
  • función pública
  • renovaciones
  • credibilidad

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