Lo más visto

Más de Opinión

Lo primero que hay que hacer en el país es mover voluntades hacia un verdadero esfuerzo de normalización nacional

Los salvadoreños nos acostumbramos a vivir en la anormalidad prácticamente desde siempre. Este es un hecho distorsionador por excelencia
Enlace copiado
Lo primero que hay que hacer en el país es mover voluntades hacia un verdadero esfuerzo de normalización nacional

Lo primero que hay que hacer en el país es mover voluntades hacia un verdadero esfuerzo de normalización nacional

Lo primero que hay que hacer en el país es mover voluntades hacia un verdadero esfuerzo de normalización nacional

Lo primero que hay que hacer en el país es mover voluntades hacia un verdadero esfuerzo de normalización nacional

Enlace copiado
Los salvadoreños nos acostumbramos a vivir en la anormalidad prácticamente desde siempre. Este es un hecho distorsionador por excelencia, que nos ha mantenido en crisis abierta o encubierta ya en forma sistemática, aunque en los tiempos más recientes dicha anormalidad ha tomado proporciones cada vez más incontrolables, con los efectos desestructuradores que se perciben a diario en el vivir y en el convivir de todos. Si quisiéramos caracterizar con una palabra el estado de cosas que prevalece en nuestro ambiente sin duda la palabra más ilustrativa y precisa sería “anormalidad”. Y, por consiguiente, desmenuzar los contenidos de dicho término en relación con nuestras condiciones de vida se presenta como la tarea de mayor relevancia para entender lo que pasa y para visualizar lo que podría venir.

Pasar de la anormalidad a la normalidad implica ir normalizando todo lo que ocurre en la amplia cotidianidad. Y el término “normalizar” es definido por el Diccionario de la Lengua Española de la siguiente manera: “Regularizar o poner en orden lo que no lo estaba”. Y también: “Hacer que algo se estabilice en la normalidad”. En efecto, si recorremos cuanto sucede y nos sucede en el ámbito nacional, lo que va manifestándose a cada paso con mayor evidencia es una mezcla de irregularidad y de desorden. No es que todo esté torcido o se halle revuelto, pero sí hay que reconocer que la anormalidad viene ganando terreno de muchas maneras y por distintas vías, por lo cual estar aquí es una experiencia crecientemente proclive a lo traumático.

Aunque, como decíamos, la anormalidad ha sido parte de nuestra vida tradicional, fue allá en los años 70 del pasado siglo cuando se desató la crisis prebélica, que inevitablemente desembocaría en el conflicto fratricida, que es lo anormal elevado a lo superlativo. La solución de la guerra fue una apuesta insospechada a la normalidad futura; pero como no apuntalamos el esfuerzo, otra anormalidad, de la mano del crimen organizado, fue tomando posiciones en el terreno. En esa anormalidad eliminadora de paz social y destructora de progreso estamos inmersos ahora, con todas las consecuencias de vivir en un pantano contaminante.

Al haber llegado a tales extremos, la labor normalizadora se va volviendo más y más compleja y difícil, porque los virus hacen de las suyas como en una plaga sin fin. Normalizar, como antes subrayábamos, implica “poner en orden”; y cuando el desorden se ha vuelto viral el trabajo correctivo debe asumir las características de una verdadera cruzada. Así habría que caracterizar justamente el empeño: “Cruzada por la normalidad”. Una normalidad que tiene que ser construida con materiales normales como el imperio de la ley y la sanidad de los propósitos.

En esa ruta no hay que escatimar acciones ni prejuiciar procederes ni dejar portillos por los que puedan colarse las viejas tentaciones corruptoras. Hay que remover escombros de conducta, limpiar acequias sociales, promover reajustes de toda índole y transfigurar visiones de futuro. Con dejar estar las cosas nunca volveremos a la normalidad, sino todo lo contrario. El compromiso depurativo es la única fórmula factible de normalización y de desarrollo.

Si no nos normalizamos en toda la amplitud del término y de las necesidades socioeconómicas y psicopolíticas del país no será posible abrir a cabalidad las compuertas del porvenir. Esta es una cuestión de lógica básica, no teórica sino eminentemente práctica. Y a estas alturas los salvadoreños ya no podemos esquivar ese reto de supervivencia.

Comencemos, pues, por normalizar las actitudes y las reacciones emocionales, porque ahí está la primera clave del proceder normal. Enseguida hay que normalizar los criterios estratégicos y las posiciones ante la realidad. Toda normalidad arranca del interior de las personas y del ser social.

Por antigua costumbre, el inicio del año es momento de animar renovaciones. Animémonos, pues, a la normalidad en todos los sentidos y perspectivas que sea necesario.

Asumamos el protagonismo histórico que la misma dinámica de los hechos nos encarga sin alternativa.

Tags:

  • anormalidad
  • salvadoreños
  • crisis
  • david escobar galindo

Lee también

Comentarios