Lo primero que hay que reconstruir es la conciencia sobre el ser nacional y sus potencialidades

No podemos seguir siendo país sin país. Hay que empezar a rehacer la autoestima nacional, si de veras se quiere crear inspiración progresista.
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Desde hace ya mucho tiempo El Salvador viene padeciendo un progresivo deterioro de su autoestima, con todos los efectos erosionadores que eso trae siempre consigo. Es cierto que abundan cada vez más los motivos para pensar y para sentir que el país es incapaz de resolver sus problemas más agudos, pero lo que verdaderamente se esconde detrás de la crisis de autovaloración nacional es el desapego creciente respecto de lo que El Salvador significa como Patria. Precisamente en este punto hay que insistir como tarea básica para todas las otras reconstrucciones que la realidad nos está exigiendo a los salvadoreños de esta hora, pues sin efectivo sentimiento de pertenencia es casi imposible darle sustento a lo demás.

En el pasado, aunque los liderazgos políticos, económicos y sociales estaban ya quedando con saldos pendientes progresivos en lo que toca a las diversas responsabilidades modernizadoras de nuestra realidad y de sus diversas estructuras, había al menos un reconocimiento formal de que El Salvador era una Patria con características y con símbolos. En medio de todas las fallas y transgresiones, la voluntad cívica seguía presente como una especie de telón de fondo. El civismo tenía fechas y las figuras emblemáticas del mismo tenían nombres. A los que estudiamos en los centros escolares de entonces no se nos olvidarán las conmemoraciones y sus significados, que aunque muchos pudieran considerar meros formalismos tenían sin duda virtudes evocadoras y convocadoras.

No se requiere mucho recorrido analítico para constatar que los pueblos y los países que tienen fuertes arraigos patrióticos son los que gozan de mayores posibilidades de asumir su propio ser en clave evolutiva. Los países y los pueblos que tienen poco desarrollados tales arraigos tienden a ir a la deriva, sin la seguridad que provee el reconocerse en el propio ser. No se trata, desde luego, de volverse compulsivamente adictos a lo propio, sino de ir desarrollando en lo propio los insumos benéficos para alimentar la vida en común. El ambiente social debe hacer lo suyo al respecto, y los instrumentos básicos como la familia y la escuela se convierten entonces en gestores indispensables de la identidad siempre en vías de renovación.

Cuando el desaliento llega a los niveles a los que ha llegado en nuestro ambiente, cuando las ansias de emigrar ganan terreno constantemente, cuando el sentido de pertenencia histórica ya apenas es memoría desvaída que no le interesa casi a nadie, cuando el amor a lo nacional ni siquiera se menciona en el día a día; en fin, cuando las anclas emocionales están cada vez más oxidadas, lo que queda es emprender una cruzada heroica en pro de la recuperación de Patria. Los efectos devastadores de la orfandad en que el país vive sumido se hacen sentir por doquier aunque casi nunca se reconozcan sus orígenes. No podemos seguir siendo país sin país. Hay que empezar a rehacer la autoestima nacional, si de veras se quiere crear inspiración progresista.

Como toda cruzada, ésta también necesita voces promotoras y fuerzas motoras. En el orden educativo, el Estado tendría que plantearse programáticamente la rehabilitación del concepto y del sentimiento de Patria, no como una mera definición curricular sino como un esfuerzo de inspiración transmitida. En ese sentido, el rol de los docentes es esencial. Los conocimientos se pueden transmitir de manera puramente objetiva; los sentimientos tienen que ser transmitidos por vía de la comunicación interpersonal. Es determinante que se vaya recuperando la mística de la enseñanza en todas sus dimensiones y niveles, y para ello hay que partir de una revisión reconstructora de la formación docente, que se desconectó de sí misma desde que desaparecieron las Escuelas Normales y el proceso formativo quedó en el aire hace ya casi medio siglo.

Temas como este del reavivamiento sistemático del amor patrio nunca se agotan, porque el ser nacional también evoluciona y lo que se impone es ir acompañando dicha evolución conforme a las formas y las energías de los tiempos sucesivos. Cuando se ha perdido tanto al respecto la rehabilitación no puede ser fácil ni rápida: contruir siempre es más difícil y complejo que destruir, y ya no se diga si se trata de algo tan subliminal como los sentimientos y las emociones. Pero si la tarea no se asume cuanto antes seguiremos desvitalizándonos hasta límites imprevisibles.

Tags:

  • autoestima
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  • migracion
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