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Lo primero que necesitamos los salvadoreños es activar efectivamente la autoestima nacional

El Salvador tiene identidad, tiene destino, tiene horizonte, tiene trayectoria, tiene vitalidad. Es un ser vivo, y cada uno de nosotros es parte de ese ser. No es un lugar de paso, ni una plataforma aleatoria. Es lo que se llama un hogar esencial, aunque muy pocas veces se le aprecie como tal.
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Si algo se ha venido desintegrando progresivamente en nuestro país es la autoestima nacional, de seguro por efecto de componentes ambientales adversos y sobre todo de factores psicosociales muy destructivos. A lo largo del tiempo, y muy especialmente en el curso de los tiempos más recientes, los salvadoreños no hemos contado con un tratamiento constructivo de nuestra realidad tanto anímica como material, y esto ha hecho que la atmósfera en la que vivimos y nos movemos esté crecientemente sobrecargada de efluvios negadores y negativos, cuya incidencia tanto en el ánimo de la población como en las condiciones de vida de la misma se vuelve cada vez más erosionadora y disolvente.

A estas alturas del fenómeno evolutivo global y nacional, tenemos que tener muy claro, de entrada, que la autoestima nacional no puede ser un simple juego de símbolos. No estamos apelando a los viejos ejercicios ceremoniales, que eran tan propios de un patriotismo lucidor pero con escasas raigambres. Precisamente haber envuelto la identidad común con los encajes de un formalismo sin mayores arraigos en el terreno de la realidad hizo casi inevitable que el embate progresivo de los hechos adversos dejara en el aire todo lo que había al respecto en el ambiente. Hoy se trata de reconstruir la percepción de lo propio sobre la base de las experiencias realmente vividas, que son al final de cuentas los mejores argumentos para reconocernos y revalorarnos en todo sentido.

Hay que partir entonces de lo básico. Y lo que está en primera línea es una pregunta fundamental que parece innecesaria pero que hay que hacérsela para tocar suelo profundo: ¿Qué es El Salvador? Pensémoslo por un instante, como si estuviéramos en la capilla principal de nuestro ser. El Salvador es un mundo, con todos los elementos que eso implica. El Salvador tiene identidad, tiene destino, tiene horizonte, tiene trayectoria, tiene vitalidad. Es un ser vivo, y cada uno de nosotros es parte de ese ser. No es un lugar de paso, ni una plataforma aleatoria. Es lo que se llama un hogar esencial, aunque muy pocas veces se le aprecie como tal. Y por eso es que los salvadoreños tendemos a padecer, de distintas maneras y con diversas consecuencias, el síndrome de la orfandad histórica.

El hecho de haber sido siempre y de seguir siéndolo país de emigración ha contribuido sin duda a que los motores del arraigo sean tan poco eficientes. Ni siquiera nos percatamos de lo que está a la vista, sobre todo de aquello que es inspirador o alentador. Un ejemple sencillo: la naturaleza tanto física como humana que nos rodea a cada instante. Los amaneceres, los mediodías, los atardeceres, con sus luces magníficas o con sus neblinas envolventes… El saludo o el gesto comunicativos de prácticamente todas las personas desconocidas que nos hallamos al paso… La cercanía de todo, como si viviéramos en un solo vecindario que tiene ahí nomás a los cuatro puntos cardinales…

Por fortuna, la Providencia cuenta siempre con recursos imaginativos insospechados, y así en estos complicados tiempos nos ha surgido una cátedra de autoestima nacional imprevista: el sentimiento y la actitud de los salvadoreños que han emigrado en busca de un mejor vivir. Acordes con lo que es dicho fenómeno en estos tiempos, ellos nos están enseñando a sentir el país de una manera inédita: con cercanía anímica. Y los que seguimos aquí estamos en el entrañable deber de hacerle honor a esa enseñanza. Nuestro país es hoy a la vez un nido y un horizonte. ¿Qué más pedir?

Pero, desde luego, no todo es ni puede ser miel sobre hojuelas. La problemática que nos acosa y nos agobia está presente en el día y día, y ningún esfuerzo reparador y renovador será verdaderamente sostenible si no se activan en medida confiable y suficiente los mecanismos de solución de los problemas. Y dichos mecanismos tienen que ir acompañados de un ejercicio de equidad que trascienda significativamente las palabras y los gestos para ser evidente en los hechos. El trabajo, pues, será arduo y requerirá mucha entrega desinteresada. ¿Serán los políticos capaces de hacer lo que les toca?

Seamos, pues, gestores de una nueva visión de nuestro país, haciendo el necesario balance entre lo inevitable y lo factible. La nación, como conjunto de vidas y de sueños, tiene que ir hacia adelante. Seamos combustible, no residuo.

Tags:

  • patriotismo
  • identidad
  • realidad
  • autoestima

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