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Lo primero que quiere el ciudadano es que se le preste atención

Por experiencia reiteradamente vivida a lo largo del tiempo se sabe que lo que los seres humanos sobrellevamos con más dificultad es la indiferencia.
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Por ello, el error histórico más grande que las sociedades han venido cargando es el referente al distanciamiento del poder, que con tanta facilidad se encapsula en su nicho dorado. Esto no es nuevo, pero en las épocas más recientes tal aislamiento viene haciéndose sentir con efectos más crispados. Y al hablar de este tema no nos referimos a ideologías específicas, porque igual se ha dado, en formas diferentes, dentro de las prácticas capitalistas y dentro de los esquemas socialistas. Venimos, entonces, de una tradición en que el individuo ha sido “cifra” o “masa”, como si los seres humanos no fuéramos sujetos con alma, espíritu y conciencia, más allá de las diferencias que están en la superficie.

Desde luego, el “prestar atención” puede asumir diversas variantes, que van desde el espontáneo y sincero interés en el destino y el la suerte del “otro” hasta el manejo intencionadamente interesado para sacar ventajas de ese “prestar atención”. Ejemplos de lo primero escasean; ejemplos de lo segundo abundan. Y es que el fenómeno, cuando se vuelve colectivo, inmediatamente se vincula con la política, y ésta tiene su propia lógica, que siempre busca ponerse por encima de los valores, y no para potenciarlos en función perfeccionadora sino para utilizarlos a su conveniencia. Por doquier vemos ejemplos de ese abuso de las necesidades y las aspiraciones de la gente, en distintas formas, y de manera más vistosa en eso que, en términos abarcadores, se ha dado en llamar populismo.

El populismo, como forma abusiva de atraer voluntades, no tiene ideología exclusiva. Es una deformación que ha servido para múltiples propósitos a lo largo del tiempo. En nuestros días y en nuestro entorno, de seguro la expresión más relevante es el caso venezolano, en lo que podríamos llamar versión carismática, porque todo el fenómeno se ha montado en lo que fue la personalidad del líder populista Hugo Chávez. No es exagerado hablar de un “fenómeno Chávez”, irrepetible como tal, porque integra una voluntad populista a toda prueba con una riqueza petrolera de inmensas proporciones. Es claro que el populismo, que se basa en medidas que presuntamente favorecen a los más necesitados, no es sostenible sin inyecciones constantes de dinero. Por ello, cuando el dinero no existe, la única forma de que el populismo sobreviva es con la petrificación del poder.

¿Cuál sería, entonces, la forma sana y consistente de prestarle atención al individuo, reconociéndole no sólo sus derechos sino también su derecho a que tales derechos le sean debidamente reconocidos y servidos? Pues a partir de un proyecto nacional fundado en la preeminencia del bien común. ¿Es esto factible en condiciones normales de la política? Debería ser factible, aunque desde luego es, de entrada, una especie de aspiración que siempre se presenta como “rara avis”. La democracia bien vivida es una ruta en esa dirección, ya que permite ir macerando egoísmos, educando impulsos, controlando conductas y practicando ideales. En esa democracia bien vivida el ciudadano es el centro de atención, y, por consecuencia, debe ser sujeto de atención. Sin las fantasías del populismo deformador.

Afortunadamente, se va manifestando en todas partes una corriente de surgimiento ciudadano que trasciende de manera progresiva la invisibilidad tradicional. El poder, en todas partes, sea cual sea el régimen imperante, ha sido invisibilizador del ciudadano. Se vio en los regímenes revolucionarios del marxismo-leninismo. Se ve en las recurrencias populistas del presente. Por eso, hasta la fecha, ninguna “revolución” ha logrado sobrevivir en salud: porque utilizan al ciudadano como argumento para hacer desaparecer al ciudadano. Y aparece también en los proyectos ultraliberales. Lo que los nuevos tiempos están posibilitando, en forma aún incipiente pero indetenible, es la personalización actuante de la ciudadanía, que los poderes de todo signo y magnitud ya no son capaces de desconocer ni mucho menos de someter.

En nuestro medio, los ciudadanos demandan cada vez más atención. Y de seguro dicha aspiración tan legítima ira evolucionando con el ejercicio de la realidad. En un principio, la dádiva atrae y gana voluntades; pero esa actitud, que es esencialmente pasiva, tendrá que irse convirtiendo en búsqueda de espacios para la autorrealización. No es el Estado dándole cosas al individuo, sino el individuo haciendo que el Estado se comporte como facilitador responsable y auténtico del destino social y del destino personal. El Estado debe irse despojando de esa superioridad absurda que se le ha vuelto característica fundamental. El Estado, por más poder que acumule, no existe por sí mismo: existe porque tiene una función servicial. Y si no la cumple se va convirtiendo en caricatura de sí mismo.

El mundo está poblado de tales caricaturas. Necesita limpieza ambiental.

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