Lo primero que tendría que recuperarse en el país es la normalidad de la vida en todos los órdenes

A estas alturas, nuestra sociedad en su variado conjunto se encuentra cada vez más atrapada en la anormalidad, lo cual tiende a convertirse en perversión normal, que es lo peor que le puede pasar a una sociedad.
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Vivimos en un mundo cada vez más violento y en un país en que la violencia ha ido ganando terreno sin cesar. Este no es un fenómeno casual, sino multicausal. Es decir, la violencia se ha venido configurando y posicionando en el ambiente a lo largo de mucho tiempo, porque ningún fenómeno social, y mucho menos uno de las características y dimensiones de este al que nos estamos refiriendo, surge instantáneamente o de manera imprevista: todo requiere gestación y desenvolvimiento progresivo; es decir, todo es producto de un proceso que se configura en el curso del tiempo. Para entender lo que pasa en la realidad hay, pues, que hacer un ejercicio proyectivo hacia atrás, en busca de los orígenes de lo que pasa, a fin de no caer en superficialidades de mera coyuntura.

Al hacer ese ejercicio retrospectivo salta de inmediato a la vista que los salvadoreños hemos ido perdiendo lo que se aprecia poco cuando se tiene y se extraña mucho cuando no se tiene: la normalidad del cotidiano vivir. Los que tenemos suficiente edad para hacer comparaciones significativas podemos contrastar lo que se tenía en otras épocas y lo que ahora se tiene en lo que a normalidad se refiere: antes, aunque había más carencias y desajustes estructurales que hoy, la vida se desenvolvía de manera mucho más natural y segura. Entonces cabría una pregunta casi obligada: ¿Qué ha pasado en el ínterin para que ahora estemos como estamos?

Lo que ha pasado es que no ha pasado lo que debía pasar, aunque parezca un juego de palabras. ¿Y qué es lo que debía pasar? Que los salvadoreños, sin exclusión por ningún motivo o circunstancia, nos dispusiéramos a hacerle honor a nuestro propio proceso evolutivo, abriéndole paso a las transformaciones y a las renovaciones consecuentes con la dinámica histórica del respectivo momento. Dejar de actuar según lo que dicha dinámica demanda es condenarse a un inmovilismo creciente, que es lo que viene lastrando nuestra vida en sociedad, en todos los órdenes de la misma.

El inmovilismo, cualquiera que sea la forma en que se manifieste, es factor desencadenante de anormalidad; y también lo es el querer hacer las cosas en forma improvisada y repentista. En nuestro caso, ambos componentes se conjugan para complicar aún más la situación. La política sigue atrapada en conceptos y en criterios inmovilistas y a la vez se mueve con una volatilidad que es producto de los impulsos y de las ocurrencias. Todo esto hace que el escenario nacional se halle constantemente expuesto a lo imprevisto previsible.

Los salvadoreños estamos huérfanos de normalidad desde ya hace mucho. Si nos asomamos a lo que ha venido ocurriendo en el país durante el último medio siglo podemos percibir con bastante claridad el curso de dicho fenómeno, que en el transcurso del tiempo se fue volviendo epidémico.

En la segunda mitad del los años 60 del pasado siglo se comenzaron a ver las primeras señales de lo que sería el período de preguerra; y una de dichas señales fue la radicalización de la Universidad Nacional, que por aquellos entonces hacía funciones muy parecidas a las de un partido de oposición, cuando la Fuerza Armada funcionaba como partido de gobierno. En los años 70 se desató la preguerra, incrementándose la violencia tanto institucional como revolucionaria. Al principio de los años 80 estalló el conflicto armado en el terreno, y ahí se mantuvo durante más de una década. Y a comienzos de los años 90 inició la posguerra, en la que ya no hay violencia política, que era la emblemática del pasado, pero sí otras formas agudas de violencia movidas principalmente por el auge expansivo del crimen organizado.

A estas alturas, nuestra sociedad en su variado conjunto se encuentra cada vez más atrapada en la anormalidad, lo cual tiende a convertirse en perversión normal, que es lo peor que le puede pasar a una sociedad. Superar dicho estado de cosas exige ya esfuerzos a la vez decididamente heroicos y bien planificados, porque los arraigos de la problemática principal se vuelven más profundos cada día. Muchas cosas habrá que hacer para ir recuperando, con la debida disciplina y con la conveniente astucia, esa normalidad perdida que es una especie de fantasma demandante que se nos aparece a cada paso. Lo anormal acaba por arruinarlo todo, y las pruebas están a la vista con ríspida elocuencia. Construir normalidad es, pues, la gran tarea por hacer.

Tags:

  • normalidad
  • sociedad
  • violencia
  • guerra civil

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