Lo que al país le conviene tendría que ser el móvil principal de todas las decisiones políticas y gubernamentales

De cara a ello hay que respetar lo que ocurre en clave correctiva, sobre todo si no hay ninguna violación de las formalidades legales; y desde afuera se debe tomar una actitud de respetuosa expectativa, sin caer en exabruptos que luego hay que matizar, dejando muy mal parada la coherencia de las reacciones gubernamentales.
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Estamos en una coyuntura política de gran significación y proyecciones tanto en el ámbito global como en los diversos espacios nacionales. En nuestro país, dicha coyuntura es especialmente decisiva, porque lo que se está probando de manera constante en el terreno de los hechos es el grado de avance que lleva el proceso democrático en marcha, así como las formas en que los actores nacionales manejan sus respectivas responsabilidades dentro de dicho proceso. De manera muy particular hay que mantener puesta la atención sobre el comportamiento de las diversas entidades políticas, ya que su desempeño como entes competitivos de cara al ejercicio del poder constituye factor verdaderamente clave para determinar si hay avance, estancamiento o retroceso en las distintas dinámicas de país.

En lo que a la gestión política se refiere hay que recalcar que todas las fuerzas involucradas tienen un rol que cumplir en el esfuerzo permanente por hacer que el poder se comporte como debe ser en función del bien común. Tanto los que, coyunturalmente, están en el gobierno como los que están en la oposición tienen que hacer lo propio para que la democracia vaya dando los frutos que la sociedad requiere para prosperar en común. Si esto no ocurre, se va gestando la parálisis institucional, que en cualquiera de sus grados tiene consecuencias destructivas.

Uno de los requisitos básicos para que la gestión integral se desempeñe favorablemente es el hecho de poner los intereses de país por encima de cualquier fijación ideológica, de la naturaleza que fuere. Esto implica disciplina y responsabilidad enlazadas. En el ambiente latinoamericano de nuestros días, los regímenes populistas con vestimentas socialistas más o menos significativas están en crisis, y eso motiva desde ellos la distorsión de ver todos sus problemas estructurales como “obra del enemigo imperialista y de sus adláteres”. Lo cierto es que el socialismo antisistema ha fracasado y sigue fracasando en todas partes, y no porque los “enemigos” lo ataquen, sino porque sus propias reglas de acción están fuera de la realidad. El colapso soviético fue la gran campanada al respecto.

Ahora mismo estamos viendo en el escenario regional situaciones de alta tensión como la que se vive en Brasil, donde el Gobierno elegido fue perdiendo credibilidad y legitimidad por distintas causas. De cara a ello hay que respetar lo que ocurre en clave correctiva, sobre todo si no hay ninguna violación de las formalidades legales; y desde afuera se debe tomar una actitud de respetuosa expectativa, sin caer en exabruptos que luego hay que matizar, dejando muy mal parada la coherencia de las reacciones gubernamentales. No hay que permitir, en ningún caso, que las pasiones políticas se impongan sobre la razón de Estado, ni interna ni internacionalmente, porque en definitiva es el país el que paga las consecuencias.

Como hemos insistido cuantas veces ha sido oportuno, lo que debe regir la conducta de todas las fuerzas que se mueven en los distintos espacios de la realidad es la norma de lo razonable, que es la que verdaderamente compagina con la lógica democrática. Si todos lo entendemos y lo aceptamos así en la medida necesaria de seguro podrá haber mejores perspectivas de estabilidad y de progreso.

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