Lo que aún no vemos del zika

Esta semana tenía una disyuntiva para elegir el tema de la columna. No sabía si escribir sobre zika, dengue, chikungunya y conexos o sobre la violencia y los cambios en el Gabinete de Seguridad. Ambos son casos de gran preocupación y que nos tendrán ocupados durante bastante tiempo este año.
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Al final, lo que realmente tiene ocupados mis pensamientos es un insignificante zancudo y lo que su presencia e impacto significan para un país como este. Visto de la manera más simple posible es increíble que un insecto tan diminuto como un zancudo tenga al país al borde de una crisis sanitaria, muy similar a la que ocurrió en 2002 con la epidemia del dengue. Claro, muchos dirán que no tiene comparación, pero la única diferencia, nada despreciable por supuesto, es que no estamos teniendo víctimas mortales por las tres enfermedades. Y vamos a decir que, afortunadamente, en este punto no se puede comparar.

Si el zika o el chikungunya causaran la muerte sin factores asociados (es decir, presión alta, embarazos y otras situaciones) la crisis sanitaria a la que nos enfrentaríamos nos tendría más que arrodillados.

Sin embargo, si uno revisa las cifras de incapacidades, casos y pago por ausencia de la fuerza laboral golpeada por estas tres enfermedades, lo que tenemos enfrente no es cualquier cosa.

Basta con ver su entorno laboral o familias. ¿A cuánta gente se tiene que cubrir en las empresas porque tienen zika o chikungunya? ¿Cuánto aumentó su gasto familiar por la consulta médica, o los medicamentos? O si fue a una clínica pública ¿cuánto se le disparó el presupuesto en transporte y otras cosas? El impacto económico de no controlar estas tres infecciones está siendo muy alto.

Y lo que se desprende de esta suma de situaciones es que nadie, ni las autoridades de Salud, ni los alcaldes, ni la población común están haciendo lo suficiente no para evitarlo, sino para frenarlo.

Solo en el Gran San Salvador hay un índice larvario de 20, cuando lo normal es 3. Es decir, una cifra que nos mide cómo estamos en cantidad de larvas nos dice que está casi siete veces arriba de lo normal. Deberíamos estar asustados.

A estas alturas nosotros como ciudadanos normales deberíamos estar limpiando pilas, revisando cada esquina de nuestra casa para botar criaderos de zancudos, eliminándolos y protegiendo a nuestra gente a base de repelentes y otras cosas.

Salud debería estar haciendo un barrido por las comunidades con índices larvarios más elevados, entregando abate casa por casa y fumigando. Las alcaldías deberían estar montadas en las campañas y eligiendo las comunidades que son sus propios focos infecciosos.

Pero a la fecha yo sigo viendo demasiada pasividad sobre el tema. Claro, esto no mata como el dengue de la epidemia de 2002. Por ahora.

Y lastimosamente digo –por ahora– porque cada día vamos descubriendo más cosas sobre el zika. Ahora el virus traspasa la placenta y puede contagiar a un bebé en el vientre. Y el bebé puede morir, o nacer con hidrocefalia. Ahora la OPS dice que es probable que el virus tenga transmisión sexual. Ahora ya se puede desarrollar el Guillain-Barré, una enfermedad que te puede paralizar hasta la respiración. Y cuyo tratamiento es extremadamente caro, algo para lo que el presupuesto de Salud no alcanzaría.

Ahora apenas se sabe algo sobre este virus. Ahora es cuando deberíamos hacer algo. De momento pareciera que si se infecta su vida no está en peligro, pero le aseguro que padecerlo es un tránsito espantoso. Y que si sigue así –a sus anchas ante la pasividad de todos– el impacto económico y en salubridad será monumental.

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