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Lo que debería prevalecer en el país es un esquema de “cero tolerancia” frente a todas las formas de ilegalidad y de impunidad

Es cierto que en los tiempos más recientes la presión ciudadana viene moviéndose en esa línea; pero falta que los representantes institucionales, sin sesgos ni diferencias de ninguna índole, se sumen abiertamente al esfuerzo de honrar la legalidad y de abanderar la moralidad.
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Al hacer un recorrido, así sea somero, por los distintos espacios de nuestra realidad actual, lo que en primer término salta a la vista es una especie de permisividad malévola que ha hecho que la ley vaya estando prácticamente sometida a los dictados de la ilegalidad y de la arbitrariedad. Esto viene constituyéndose en una especie de cultura perversa, que se manifiesta hasta en los aspectos más elementales de la vida cotidiana. Para el caso, en los desplazamientos automovilísticos que se han vuelto cada vez más multitudinarios sobre todo en los espacios capitalinos las autoridades correspondientes están tratando de implementar un esquema de “cero tolerancia” frente a toda actitud y acción abusivas, para ver si así se van ordenando las cosas. Esto desde luego será tarea de largo alcance en el tiempo, porque reponer la urbanidad cuando se ha perdido como norma de vida común siempre es tarea educativa compleja.

Pero en verdad lo que en nuestro ambiente se está necesitando es que todos los comportamientos nacionales, independientemente del ámbito en que se manifiesten, estén regidos por los principios de la moralidad básica y de la ley en vigencia. Cuando se enfoca la realidad nacional como un todo, lo primero que quede en evidencia es la inseguridad que está presente por doquier; y dicha inseguridad, en todas sus formas, deriva principalmente de que los salvadoreños hemos venido perdiendo el rumbo en lo que a la conducta respetuosa y correcta se refiere. Y, como hemos destacado en otras ocasiones, lo paradójico es que tal deterioro se ha incrementado de manera progresiva en esta etapa democratizadora que tuvo su impulso definitivo al concluir el conflicto bélico interno.

Desafortunadamente, el ejercicio político lejos de dar el buen ejemplo del respeto y de la tolerancia se ha caracterizado hasta la fecha por querer escapar al debido control. Esto lo vemos en el día a día, en una atmósfera altamente contaminada por la conflictividad que es mucho más subjetiva que objetiva. Tendría que haber un serio replanteamiento de actitudes en el país, comenzando por las actitudes políticas. Hay que establecer en los hechos la “cero tolerancia” frente a las diversas formas de abuso y de impunidad. Es cierto que en los tiempos más recientes la presión ciudadana viene moviéndose en esa línea; pero falta que los representantes institucionales, sin sesgos ni diferencias de ninguna índole, se sumen abiertamente al esfuerzo de honrar la legalidad y de abanderar la moralidad.

Como siempre, lo que abunda son las excusas y los pretextos para sabotear los esfuerzos de saneamiento nacional en todos los órdenes. Ahora, por ejemplo, tanto en la región como en nuestro país, las fuerzas de izquierda que están en ejercicio del poder califican de acoso o de ataque por parte del “imperialismo” y de las fuerzas de derecha todo señalamiento de corrupción que se ponga en marcha dentro de las estructuras del respectivo sistema de justicia. Lo que se tendría que hacer es dejar que la ley funcione, con las garantías del caso, independientemente de la posición ideológica o del poder político de aquellos que estén en cuestión.

Lo que esperamos y demandamos es continuar avanzando por la vía del respeto efectivo al Estado de Derecho en todos sus aspectos. Esto es lo único que puede garantizar que El Salvador se encamine de veras hacia las múltiples realizaciones que necesita.

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  • cero tolerancia
  • impunidad
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