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Lo que el país más necesita es que se genere un clima de comprensión mutua entre las diversas fuerzas nacionales para enfrentar la problemática pendiente

Hoy estamos atrapados en una especie de encrucijada a que no se le ven salidas accesibles, precisamente porque no se actúa como se debe actuar conforme a los requisitos de una realidad que reclama manejos razonables y creativos frente a todos los problemas existentes.
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A pesar de que hay múltiples crisis en el ambiente que se vive, y de que los agobios que sufre la ciudadanía son cada vez más insoportables, no se ven aparecer signos claros y confiables en la línea de un tratamiento más lúcido y eficaz de los distintos problemas que permanecen varados por falta de soluciones que sean realmente tales. Cuando observamos la atmósfera que impera entre nosotros es inevitable traer a cuento que la conflictividad parece haberse convertido en el arma favorita del manejo político en todas partes; y basta para constatarlo lo que está pasando ahora mismo en Estados Unidos, en un traumático tránsito de gobiernos que no tiene precedentes en la historia contemporánea.

El Salvador está recorriendo una posguerra que se abrió inmediatamente después de la finalización del conflicto bélico interno por medio de una fórmula “sin vencedores ni vencidos”, con lo cual quedaba disponible una plataforma de futuro que tenía todas las condiciones potenciales para generar pacificación permanente. Si bien es cierto que desde el punto de vista del accionar político dicha plataforma no se ha quebrantado en ningún momento de estos 25 años transcurridos desde 1992, lo que queda también en dramática evidencia es que los variados actores que se mueven en el escenario nacional no han sido capaces de superar las actitudes que imperaban antes y sobre todo durante la guerra, y este es el principal obstáculo del presente.

En este cuarto de siglo si bien las antiguas formas de violencia han sido superadas, otras formas han aparecido de manera avasalladora, trayendo consigo una inseguridad que tampoco tiene precedentes, ni siquiera en tiempos de la lucha armada. Es preciso distinguir muy bien, pues, entre lo que se ha ganado con el fin negociado del conflicto y lo que se ha dejado de ganar por falta de una estrategia nacional que estaba llamada a sentar las bases de un nuevo estilo de vida en el país. Hoy estamos atrapados en una especie de encrucijada a que no se le ven salidas accesibles, precisamente porque no se actúa como se debe actuar conforme a los requisitos de una realidad que reclama manejos razonables y creativos frente a todos los problemas existentes.

La Asamblea Legislativa es un campo de acción que, por su propia naturaleza, requiere de un ejercicio claro y responsable del pluralismo que en ella se manifiesta como algo enteramente natural. Entendamos de una vez por todas que el pluralismo es mucho más que una cuestión numérica: implica reconocimientos mutuos para que las normales diferencias puedan producir resultados constructivos, en vez de quedar atascadas en el choque sin alternativas, que es sin duda lo más antinatural en una democracia que funcione de veras.

Temas palpitantes como es la situación fiscal que está ya en el borde de lo caótico y como el combate contra la inseguridad en sus múltiples expresiones no pueden seguir en un marasmo cargado de rayos agresivos. Hay que hacer conciencia de manera permanente sobre el trastorno que se genera cuando no se puede llegar al fondo de los problemas y de sus eventuales soluciones por atrincheramientos que ya no tienen ninguna razón de ser.

Estamos iniciando el año y ni siquiera hay Presupuesto General aprobado. No es cuestión de continuar en el juego de las culpas, sino de avanzar hacia las definiciones en las que cada quien ponga de su parte. El país lo reclama y evidentemente pasará facturas.

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