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Lo que el país necesita con más urgencia es racionalidad puesta en acción en todos los sentidos

Los salvadoreños hemos venido sintiéndonos cada vez más atrapados en una conflictividad que tiene a lo largo del tiempo las más variadas expresiones. Este no es un acontecer casual, sino que responde a condiciones y a circunstancias que vienen haciéndose presentes como si fueran una fatalidad inevitable.
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Pero en verdad no se trata de ninguna fatalidad sino de una serie de desatinos históricos que han marcado nuestra secuencia temporal sin que se hayan dado los correctivos pertinentes en el momento oportuno. Pongamos un ejemplo: 1932. ¿Insurrección comunista o expresión de profundas insatisfacciones sociales por haber excluido sistemáticamente de la atención nacional a las comunidades originarias? Esto último, sin duda, aunque la manipulación política hizo creer otra cosa. De tales desatinos está impregnada nuestra percepción de los hechos.

Toda sociedad, y la salvadoreña por supuesto no es la excepción, tiene sus características propias así como tiene también sus puntos de enlace con otras sociedades. En El Salvador, para el caso, estamos claramente individualizados por nuestra ubicación en el mapa centroamericano con salida sólo a uno de los grandes océanos que nos rodean, por ser desde siempre país de emigración, por el contraste permanente entre la voluntad de progreso y la desidia institucional, entre otras notas distintivas. Para entender y asimilar a plenitud lo que somos y lo que podemos tendríamos, en primer término, que hacer un recuento y un análisis de nuestros signos característicos, para, a partir de ahí, organizar las visiones de presente y las proyecciones de futuro. Eso sería entrar en razón con nuestro verdadero ser.

Nada en la vida se desarrolla en forma casual, ni siquiera los fenómenos naturales. Todo forma parte de un plan, reconocible o no. Y esto indica que el método de acción está vivo en todo lo que existe. Los seres humanos tenemos el privilegio de poder organizar los métodos que se consideren pertinentes para los fines que se busca conseguir. Puestos en este punto, y teniendo como perspectiva la dinámica nacional, los salvadoreños tendríamos que definir el método de trabajo que necesitamos para que el país se mueva y funcione de veras. Ese es otro factor de racionalidad que se hace indispensable en la línea de potenciar lo positivo y desactivar lo negativo.

Todo desempeño en la vida necesita a la vez idealismo y realismo bien articulados. Soñar con lo mejor y actuar inteligentemente para alcanzarlo. El exceso de idealismo hace que al final todos los esfuerzos se vayan volviendo gaseosos y el exceso de realismo conduce a petrificaciones indeseables. El equilibrio es la clave de la salud, incluyendo la salud de las sociedades y de las naciones. Y la racionalidad bien administrada está ahí para desempeñar ese rol equilibrador, sin el cual nada consistente se logra. En El Salvador hemos vivido en una especie de limbo en lo que a visiones y a proyecciones se refiere. Idealismo disperso y realismo inconsistente. Alguien tiene que poner orden constructivo, y ese alguien no puede ser otra que la razón histórica asumida como brújula consciente.

Del sano equilibrio entre idealismo y realismo pueden nacer la confianza en el presente y la esperanza en el futuro. Ahí hallaría nido seguro una racionalidad sazonada por los ingredientes de nuestra propia manera de ser. Se trata justamente de eso, de cultivar el huerto de la identidad nacional, para extraer de él las esencias nutritivas y las sustancias alimenticias que nos singularizan.

Continuar divagando por los laberintos de la irracionalidad sería condenarnos a la ineficiencia inagotable. Hay que hacer Patria construyendo país. Hay que definir futuro rescatando presente. Hay que recapitular experiencia reinventando expectativas. Y todo ello sin malgastar ni un minuto.

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