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Lo que el país necesita es que se pase ya de la confrontación disolvente a la cooperación constructiva

Ya no hay que seguir desgastándose en palabreríos inútiles: hay que entrar de lleno en una propositividad bien conducida.

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Lo que hemos estado viendo y constatando en el ambiente político e institucional del país es un recrudecimiento compulsivo de las tensiones que se escenifican a diario sobre todo en los más altos niveles donde se mueven los principales actores nacionales. Y esto se da, paradójicamente, cuando los salvadoreños nos hallamos inmersos en una crisis pandémica que acarrea altísimos daños y gravísimos trastornos para la vida nacional en todas sus expresiones. Es como si la crisis tuviera efectos conductuales diametralmente contrarios a los que serían esperables dentro de una dinámica regida por la sensatez y por el buen tino. Y esto viene a demostrar una vez más, y con tintes alarmantes, que cuando los malos procedimientos se institucionalizan las consecuencias pueden convertirse en factores que alimenten otras crisis y que desaten olas de progresiva destructividad.

En la raíz de todo esto está el acumulado despiste de la llamada clase política, que incide de modo directo en el sentir y en las expectativas ciudadanas. Cuando la frustración se vuelve sentimiento dominante en el conglomerado, muchos peligros comienzan a emerger, y muy en especial los vinculados a las decisiones políticas. Y esto se agudiza al pasar al plano realista de los hechos, donde la confrontación sistemática se vuelve un impedimento constante al buen desempeño y a la sana práctica. En estos momentos, para el caso, la Asamblea Legislativa está dominada por las fuerzas políticas que han tenido predominancia a lo largo de la posguerra y el Órgano Ejecutivo está conducido por la fuerza personalista que emergió del desencanto ciudadano y del ansia de pasar de un salto a una novedosa y desafiante forma de conducción.

Dentro de ese plano confrontativo se hace presente de pronto la avasalladora emergencia desatada por la pandemia, y esta presencia fantasmal y agobiante en tantos sentidos hace imperativo que se den inmediatos ajustes de conducta para salvaguardar lo que es más importante siempre, y sobre todo en condiciones como la actual, que es la vida en sus múltiples aspectos. Hay que hacer, pues, lo contrario de lo que se ha venido haciendo, y eso implica entrar en un ejercicio urgente de racionalidad funcional, dejando a un lado, y más en las actuales circunstancias, todas las diferencias que se han manejado con espíritu guerrerista en los tiempos más recientes. En unos poquitos meses tendremos que estar en campaña electoral para los comicios legislativos y municipales de 2021, y entonces será momento para desatar la competencia, de seguro ya dentro de las nuevas condiciones que surjan de esta crisis sin precedentes.

Por ahora, lo que más importa es no seguir complicando las cosas y multiplicando los quebrantos. Como recomiendan y exigen muchas voces nacionales e internacionales, hay que empezar ya a trabajar en serio y a fondo en esquemas de incorporación a lo que se ha llamado nueva normalidad. Y eso demanda una reconversión de actitudes para poder ir pasando sin retrasos de ninguna índole de la confrontación disolvente a la cooperación constructiva. Ya no hay que seguir desgastándose en palabreríos inútiles: hay que entrar de lleno en una propositividad bien conducida, que permita definir estrategias y activar líneas de trabajo que estén directamente conectadas con lo que el país necesita y su gente reclama. Esa es la clave de este momento, y así debemos asumirlo todos sin excepciones ni exclusiones de ningún tipo.

Quienes tienen que tomar la iniciativa reordenadora y articuladora son las cúpulas del Ejecutivo y del Legislativo, y esperamos apremiantemente que lo hagan cuanto antes para que las cosas vayan entrando en su verdadero carril.

Tags:

  • confrontación
  • cooperación
  • propositividad
  • clase política
  • nueva normalidad

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