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Lo que en nuestro país se necesita en primer lugar es hacer un reciclaje de actitudes para no seguir en las mismas

La ciudadanía, que tanto ha hecho y continúa haciendo por la normalidad y la estabilidad el país, no merece que tal estado de cosas se mantenga en pie como si no hubiera alternativas.
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Lo que en nuestro país se necesita en primer lugar es hacer un reciclaje de actitudes para no seguir en las mismas

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Cuando tocamos la tecla adecuada para tener ante nuestros ojos el escenario nacional en movimiento lo primero que se nos evidencia como factor predominante y prepotente es una conflictividad que no respeta fronteras ni de edad ni de condición social. Los salvadoreños hemos hecho de la realidad una tentación constante a tensar nudos, muchos de ellos gordianos. Esto no se ha dado por casualidad: es efecto y fruto de una forma esencialmente errada de asumir la vida nacional, como si ésta fuera un permanente campo de disputas irreconciliables, en el que no es factible ninguna forma de distensión motivadora. Al ser así, todos los anticuerpos se ponen en acción a cada instante, haciendo imposible el sano ejercicio del pluralismo, que debe ser lo normal en cualquier sociedad.

Antes que sumarse a dicho estado antinatural de cosas, lo que cada uno de los salvadoreños tendría que hacer es fijarse detenidamente en las condiciones de su entorno, para hacer a partir de ahí las valoraciones pertinentes, en función de promover, desde los distintos niveles personales hasta los diversos planos comunitarios, nuevos impulsos hacia la mejoría posible. Aun en las circunstancias más adversas hay posibilidades de superación, como lo demuestran infinidad de experiencias personales y colectivas a lo largo del tiempo y en todas las latitudes. Lo único que impide hacer cambios hacia bien es quedarse revolviendo la frustración por estar mal. El éxito, en cualquiera de las dimensiones del mismo, no es algo que viene programado para nadie: el éxito es el programa que cada quien se traza con sus actitudes y con sus decisiones.

No se pretende, desde luego, porque sería recaer irresponsablemente en el mismo vicio perceptivo, pasar del pesimismo obstinado al optimismo ingenuo. De lo que se trata es de abrir las puertas de la percepción hacia espacios mucho más consecuentes con los distintos mensajes que la realidad nos está enviando a diario a todos los salvadoreños. Esto requiere un reciclaje de actitudes, de tal manera que se logre transitar de las posiciones mecánicas –en pro o en contra— a los desempeños críticos, que permitan ir orientando todo el quehacer nacional por carriles de buen juicio y de sana valoración. Y todo esto demanda, en primer término, hacer lecturas serenas y desapasionadas de los hechos, en lo que estos representan como tales y no en lo que se les quiere hacer representar interesadamente.

Es claro que todos necesitamos entender sin sesgos ni desvíos lo que significa la lógica democrática en acción. Esa lógica, como lo hemos recordado y subrayado tantas veces, es interactiva por naturaleza; y al ser así, no admite que el espíritu de confrontación intransigente quiera erigirse en gestor de todo lo que pasa. El juego de opiniones y de posiciones diversas o contrarias es legítimo, por supuesto; pero en el entendido que en ningún caso ni sentido debe derivar en conflicto elevado a la categoría de deidad inapelable. Y para colmo lo que estamos viendo y viviendo es el imperio de una deidad engañosa y fuera de control. La ciudadanía, que tanto ha hecho y continúa haciendo por la normalidad y la estabilidad el país, no merece que tal estado de cosas se mantenga en pie como si no hubiera alternativas.

La democracia es educadora por excelencia, y tal característica tiene que ser reconocida y honrada por todos. No es justificable bajo ningún concepto que se le permita a nadie, sea cual fuere el poder que le asista, ponerse por encima de la racionalidad histórica, que debe ser siempre el criterio básico del quehacer tanto público como privado.

Al hacer una revisión del panorama nacional en sus diversas expresiones salta de inmediato a la vista que el manejo subjetivo es lo que más falla, cuando todo el esfuerzo debería enfocarse en la búsqueda de soluciones objetivas a los problemas reales. En otras palabras, son las actitudes el factor determinante de que todo parezca enzarzado en la inoperancia y en la confusión. Reconozcamos de una vez por todas que chocar no es fortaleza y que armonizar no es debilidad. Son esas imágenes distorsionadas las que más contribuyen a dificultar y a obstaculizar los avances por la ruta democratizadora que puede llevarnos hacia un verdadero futuro convivible. Hacia ahí hay que apuntar, sin más excusas o pretextos.

Tags:

  • ciudadania
  • estabilidad
  • democracia
  • pluralismo

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