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Lo que en realidad se está necesitando en el país es una cultura del gasto público serio y responsable

A la luz de las nuevas perspectivas que va abriendo el proceso mismo en lo referente a la transparencia y a la lucha contra la arbitrariedad y la corrupción, ahora ya no se pueden mantener ocultos como antes los manejos que se dan dentro de las distintas esferas del poder público.
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La situación financiera del Estado sufre deterioros en muchos sentidos, y eso ya no puede ser maquillado ni disimulado con las estratagemas que se fueron haciendo usuales en el curso de la posguerra. Y es que dicha situación empezó a entrar en fase crítica casi inmediatamente después del fin del conflicto armado, cuando el repunte económico producido por la sensación liberadora que produjo la apertura de la paz prácticamente se disolvió por la falta de un proyecto de crecimiento sustentable en el tiempo. En otras palabras, estamos recibiendo los efectos de no haber hecho desde siempre lo que la realidad nacional exigía hacer en cada momento del proceso. Estar sólo tapando hoyos y activando ficciones financieras lo que crea y fomenta es un círculo vicioso de ineficiencia y de frustración.

A la luz de las nuevas perspectivas que va abriendo el proceso mismo en lo referente a la transparencia y a la lucha contra la arbitrariedad y la corrupción, ahora ya no se pueden mantener ocultos como antes los manejos que se dan dentro de las distintas esferas del poder público. Así se ve una creciente presión que surge de diversos ámbitos de la acción ciudadana en función de clarificar lo que pasa para señalar los vicios, enfocar las malas prácticas y denunciar los abusos. En esa línea, el tema del gasto estatal queda cada vez más expuesto al escrutinio ciudadano, con lo cual los viejos recursos de la impunidad encubridora pierden eficacia de modo progresivo.

Y como hay una crónica escasez de fondos para cumplir con las obligaciones asumidas, la cuestión del gasto se vuelve acuciante e inesquivable, evidenciando el imperativo de actuar con disciplina y con responsabilidad al respecto. En tal sentido, se hace claro sin excusas que, en primer término, hay que eliminar y evitar el gasto demagógico, el gasto derivado del clientelismo político y el gasto frívolo. Por ejemplo, como se está destapando casi a diario, lo que se gasta en viajes artificiosos, en servicios innecesarios o excesivos y en compras superfluas o de pura vanidad. Eso nunca hay que hacerlo, por corrección básica, y menos en estos tiempos en que, como se dice en lenguaje coloquial, no está la Magdalena para tafetanes.

El destape aludido corre parejas con la necesidad de asegurar disciplina ordenadora en todo lo referente al desempeño de la institucionalidad. Hay que recordar que en el sentir popular muchos de los que aspiran a ocupar posiciones dentro del aparato público van con un propósito que podía resumirse en una frase sarcástica: “No me den, pónganme donde hay”. Pero esto es lo que está cada vez más expuesto a salir a la luz, con las consecuencias previsibles. Y ojalá que tal exposición de las conductas indebidas no sólo genere los adecuados castigos sino también las disuasiones eficaces para ir saneando el ambiente.

Necesitamos con apremio comenzar a instalar como norma de comportamiento general una cultura de la corrección y de la responsabilidad en todos los órdenes y en todos los sentidos. Y, desde luego, en lo que refiere al gasto público, dicha cultura tendría que activar un apartado específico, con las vigilancias tanto institucionales como sociales que son imprescindibles. Estamos en un momento nacional en que el saneamiento y la limpieza ganan terreno cada día, y eso hay que cuidarlo y potenciarlo.

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