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Lo que es y lo que no es

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Sandra de Barraza

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Somos una sociedad que valora el trabajo, la justicia, la paz, la honradez, la alegría y la amistad. Una sociedad que valora la unión, que aspira a una visión compartida de presente y futuro; una sociedad confiada en merecer un buen gobierno. Somos una sociedad con motivación para emprender una y otra vez; una sociedad que ha aprendido que no hay fracasos ni tragedias que no puedan enfrentarse, administrarse y superarse.

Somos una sociedad que progresa a pesar de todo y de todos; solidaria, independientemente del estatus social; una sociedad de gente de sentimiento y pensamiento sencillo, no hay nada rebuscado. Somos una sociedad con gusto por el agua, las pupusas, la yuca y el chocolate; una sociedad de cristianos, de personas seguras de sí mismas, que trabajan y sobreviven con dignidad. Somos una sociedad de personas agradecidas con la vida y con los demás.

Eso y más se puede decir de la sociedad salvadoreña, una sociedad en permanente evolución; una sociedad que tiene acumulados reconocidos aportes en literatura, música, poesía, pintura, deporte; que ha hecho aportes sobre el diálogo y la resolución de conflictos ejemplares para sociedades en conflicto. Somos una sociedad con espíritu democrático. Eso y más es la sociedad salvadoreña y de eso todos sentimos orgullo.

Y esto es así, a pesar de los discursos desde el más alto nivel de gobierno para provocar división, para fomentar el odio y para provocar y profundizar resentimientos. Es así, a pesar del claro y directo propósito del equipo presidencial por distorsionar la realidad, por debilitar la institucionalidad y, por estimular actitudes poco favorables a la democracia, la libertad y la vida. El presidente en su conferencia de prensa hizo evidente con sarcasmo su complacencia por el desacato a la ley y por convertir el asesinato y el homicidio en instrumentos de política pública.

Con pena ajena, reconozco la incapacidad que han demostrado los más altos funcionarios de cumplir con lo que la ley manda. Se resisten y justifican hacerlo utilizando información a su conveniencia. El presidente, tal como lo establece el Código de Salud en sus 338 artículos vigentes desde 1988, reconoció que la ley asigna al Ministerio de Salud la responsabilidad de planificar y ejecutar la política nacional en materia de salud.

La política a la que hace referencia la presidencia debe incluir, al menos, los 18 temas que la ley obliga al ministerio: controlar, promover, autorizar, regular, exigir... la promoción de la salud, la higiene materno-infantil, la nutrición, la salud bucal, la salud mental, los baños públicos, el saneamiento ambiental, el agua potable, la basura y desechos, los alimentos y bebidas, las urbanizaciones, los artefactos sanitarios, la seguridad e higiene en el trabajo, las autopsias, el manejo de cadáveres y trasplante de órganos y tejidos... entre otros.

La ley y las sentencias de la Sala de lo Constitucional respetan, tal como lo afirma el código, que el ministerio debe "determinar cuarentenas en personas que padezcan enfermedades que diseminen sus gérmenes y contagios y, en caso de epidemia, puede declarar zona epidémica sujeta a control sanitario en cualquier porción del territorio nacional y tomar medidas extraordinarias para prevenir daños y evitar contagios". Pero, lo que no puede hacer el ministerio es excederse en sus facultades irrespetando la Constitución de la República. Hacerlo convierte cualquier decreto, acuerdo, órdenes y resolución del Órgano Ejecutivo en nulo. Y siendo nulos, no deben ser obedecidos.

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