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Lo que hace una crisis tan insospechada como esta del covid-19 es desnudar al máximo las inconsistencias sociales y las insuficiencias en todos los órdenes

El ciclo pandémico pasará, pero lo que no pasará es este llamamiento enfáticamente real a tomar en serio nuestro rol de agentes transfiguradores de todo esto.

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David Escobar Galindo - Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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El gravísimo trastorno sanitario que venimos experimentando en forma sostenida desde la segunda mitad del mes de marzo recién pasado ha sido a la vez un cúmulo de revelaciones que ni siquiera fueron imaginables antes de que explotara la emergencia y un brote de desafíos de la más variada índole, que van desde la galopante crisis de salud hasta el trastorno económico multifacético, pasando por la tormenta de las incertidumbres y de las ansiedades y por el pasmo de las instituciones ante la infinidad de urgencias que se agolpan inevitablemente cada día. Todo lo anterior, y muchos otros factores adicionales, han hecho que de pronto la anterior normalidad se vaya derrumbando y derritiendo ante nuestros ojos, haciendo que repunte en el ambiente la abrumadora sensación de que hemos extraviado todos los mecanismos tradicionales de control, y que por ende nos hallamos a merced de lo que venga y de lo que pueda venir.

Esto parece, de inmediato, un peligro que se rige por su cuenta, con todas las consecuencias derivadas; pero también hay que verlo como una clara oportunidad de comprometernos en serio con lo más característico de la vida, que en cualquier momento de que se trate es el arte de seguirse moviendo hacia adelante aun en las condiciones más adversas. Esta lógica, que lleva en sí una especie de contradicción de muy dificultoso tratamiento, exige dos componentes en los que venimos poniendo un énfasis de gran intensidad prácticamente desde que la crisis pandémica emergió con impulso imparable: la creatividad y la disciplina.

Reiterar esto, aunque para muchos pueda parecer un exceso abusivo de insistencia, es lo que nos corresponde a todos poner en práctica ante una situación como la que se vive, cada quien en su respectivo campo de acción. Pero hay que subrayar dos características sobre la forma en que hay que manejar la creatividad y la disciplina en las actuales circunstancias. Se trata de creatividad no para innovar con espíritu de invención sino para administrar un fenómeno que se sale de todos los esquemas establecidos; y de disciplina que no es un puro ejercicio mecánico sino un redimensionamiento consciente y pragmático de las acciones cotidianas que hay que poner en funcionamiento en cada caso particular.

Aquí es donde entra en juego ese doble resultado de desnudez que señalamos en título de esta Columna: lo que corresponde a las inconsistencias sociales y lo que toca a las insuficiencias en todos los órdenes. Ambas son lastres que venimos cargando desde siempre, pero que parecían demandas que nunca iban a cuajar en descomposiciones estructurales. Hoy la crisis nos ha puesto ante los ojos, con lacerante evidencia, que nadie es inmune al deterioro que puede llegar a ser sinónimo de muerte, y sin ninguno de los escapes artificiosos que esta cultura del disimulo y de la ficción esgrimía como soluciones accesibles.

La pandemia, entonces, ha venido a ser un golpe de realidad que ha dejado todas nuestras excusas y todas nuestras evasivas en el aire. Esto hay que tomarlo como un signo providencial que nos invita y nos incita a escapar de las viejas comodidades perversas para encaminarnos imperiosamente hacia los espacios definidos de esa responsabilidad que constituye la norma orientadora de nuestra misión de vida. El ciclo pandémico pasará, pero lo que no pasará es este llamamiento enfáticamente real a tomar en serio nuestro rol de agentes transfiguradores de todo esto que, con tanta irresponsabilidad, venimos considerando normal.

Es muy difícil reconocer que la pandemia, con todo lo implacable y destructiva que es, nos está dejando encomiendas de gran valor, como las que hemos mencionado hace un instante. Y es que no podemos escapar impunemente del efecto aleccionador de la dinámica evolutiva, que tiene su propio margen de referencia y su propia inspiración impulsora.

El juicio de los expertos epidemiólogos tiene un valor de primer orden, pero no basta para definir lo que nos toca hacer en todas las áreas involucradas. Los expertos económicos, sociales, anímicos, culturales y visionarios tienen que poner lo suyo, para que en definitiva no quede ningún cabo suelto. Esta más que una función es una misión, y ese debe ser el enfoque proyectivo que hay que aplicar al respecto. Misión de supervivencia con alcances de trascendencia.

Falta superar muchas pruebas para poder decir que el examen general está resuelto, y cada paso hay que irlo dando con todo el compromiso requerido. Los salvadoreños no seremos los mismos cuando todo esto concluya, y eso nos abrirá horizontes insospechados.

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  • inconsistencias
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