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Lo que la población demanda son servicios públicos eficientes y más oportunidades

Hay que dejar atrás, como un objeto inservible, toda demagogia retórica, del color político que sea, para pasar sin vacilaciones ni tardanzas al ejercicio desprejuiciado tanto en el campo político como en las áreas económicas.
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A nuestra población le falta mucho para sentirse verdaderamente atendida en lo que se refiere a sus necesidades esenciales y a sus propósitos y ansias de superación. Es de siempre que se viene dando un déficit deplorable en todos estos campos, y ahí está sin duda una de las fallas fundamentales de nuestro sistema tradicional, que por eso mismo da la sensación constante de irse moviendo en la cuerda floja. Este es uno de los factores de inseguridad más severos y deteriorantes que padecemos, porque se trata de una falla de carácter estructural, cuyo poder erosivo sobre las condiciones de vida se ha convertido en un mal que va profundizándose en la medida que no hay acciones estratégicas que le pongan paro.

Desde que se puso en movimiento la propagandización del “cambio”, allá en 2009 con el primer gobierno de la izquierda, los llamados “programas sociales” se han mantenido como uno de los rubros más característicos de la gestión imperante; y eso va en concordancia con la línea populista que se quiere hacer valer. Pero en el caso salvadoreño, como en todos los otros casos en que se activan mecanismos ideológicos que tienen raigambres tradicionales, ya lo que queda son simples reflejos extemporáneos sin ninguna posibilidad de implantarse en el presente; aunque lo que sí hay son cuentas económicas crecidas porque se trata de asistencialismo en el más rudimentario sentido del término, que lo que busca es ganar simpatías políticas de la manera más extensa posible; de ahí que los efectos reales en las condiciones de vida de la gente sean tan escasos y las inversiones de sostén resulten multimillonarias.

Sin desestimar que la población más necesitada recibe algunos alivios con este tipo de repartos en metálico o en especies, el verdadero “cambio” nunca se produce por esta vía, porque lo que mueve hacia adelante al sistema, y por consiguiente lo que hace cambiar para bien la suerte de los ciudadanos y de sus grupos familiares es que los servicios públicos, en su amplia gama, funcionen a cabalidad y a plenitud, y sobre todo que haya a disposición de todos un cúmulo de oportunidades de mejoramiento que motive a la autorrealización personal.

Es decir, se requiere que la eficiencia institucional está garantizada al servicio de la gente y que el crecimiento económico actúe como detonador positivo de superación en el ámbito humano. Aquí volvemos a enfatizar que si el país no crece tampoco lo podrán hacer los salvadoreños; y en eso se concentra actualmente el principal nudo gordiano de nuestra problemática. Hay que dejar que la economía nacional se mueva libremente para que los impulsos creativos y productivos puedan ponerse a tono con las necesidades de todos.

La sana práctica es hoy, más que en ningún otro momento, un imperativo insoslayable para que el sistema de vida cumpla con su función natural. Hay que dejar atrás, como un objeto inservible, toda demagogia retórica, del color político que sea, para pasar sin vacilaciones ni tardanzas al ejercicio desprejuiciado tanto en el campo político como en las áreas económicas. Y la consigna básica debe ser: Que el país crezca al ritmo y en las magnitudes que se requieren para que haya progreso en el más amplio sentido de la palabra.

Esperamos que los golpes de realidad que proliferan en el día a día nos abran los ojos a todos, para así sumarnos sin excepciones a la Causa País.

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