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Lo que más debería importarnos es que la democracia se mantenga sana y animosa en nuestro ambiente

¿Y cómo se garantiza dicha sanidad? Haciendo en el día a día lo que la democracia necesita para no quebrantarse ni debilitarse; es decir, respondiendo a su esencia con las prácticas idóneas.

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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Nuestro proceso democrático se instaló entre nosotros cuando el viejo esquema autoritario se ahogó en sí mismo allá en el límite entre los años 70 y los años 80 del pasado siglo. Esto venimos trayéndolo a colación en forma frecuente porque la tendencia que más se hace sentir entre nosotros es la de dejar al margen los puntos fundamentales de nuestra evolución, con lo cual lo que prevalece es la sensación de que las cosas van pasando de manera imprevisible y aleatoria, cuando en verdad vivimos inmersos en una red de causas y efectos que pueden ser muy bien identificables en el campo de los hechos. Tenemos, pues, que autorreconocernos como sociedad en tránsito permanente, con todos los puntos de conexión que dicho tránsito trae consigo.

A estas alturas, y dadas las condiciones del fenómeno real en movimiento, ya es patente que el proceso democrático nacional vino para quedarse, aunque dicha permanencia se halle sujeta a las alternativas de riego que nunca dejan de estar al acecho. El compromiso que hay que asumir y sostener, entonces, es la salvaguarda constante de dicho proceso, lo cual constituye responsabilidad de todos los salvadoreños, sin ninguna excepción, porque al final de cuentas el país es de todos, independientemente de la posición y del relieve de cada quien. Esto nos lleva de entrada a una conclusión inequívoca: El Salvador está en nuestras manos siempre, y dicho encargo es indelegable.

Al ser así, la democracia consiste en una tarea compartida desde su misma raíz. Esa tarea no es exclusiva de los que ejercen el poder político, porque dicho poder es delegado por el depositario original del mismo, que es la ciudadanía. Al reiterar esto nos ponemos de inmediato frente a lo que la democracia nos demanda de manera fehaciente: participación, responsabilidad, compromiso, proyección. Participación porque sin ella la democracia se vuelve una caricatura de sí misma; responsabilidad porque sin ella el ejercicio queda en el aire; compromiso porque sin él todo se vuelve inconsistente; proyección para que la permanencia funcione.

Decimos en el título de esta columna que lo que más debería importarnos es que la democracia se mantenga sana y animosa. ¿Y cómo se garantiza dicha sanidad? Haciendo en el día a día lo que la democracia necesita para no quebrantarse ni debilitarse; es decir, respondiendo a su esencia con las prácticas idóneas. Y en cuanto a su buen ánimo, lo que se requiere es que todos los actores nacionales y la sociedad en su conjunto se muevan en la línea democrática correcta. Aunque todavía falta mucho por hacer al respecto, los signos más visibles apuntan hacia ahí.

El aprendizaje democrático es, sin duda, uno de los factores más significativos en esta ruta. Estamos bastante verdes aún en dicho aprendizaje, pero las señales son prometedoras de la mano de la misma realidad. Aun los partidos políticos, tan reacios a abandonar sus viejas prácticas distorsionadoras, van teniendo que besar la correa, como se va viendo con frecuencia cada vez mayor. Lo que ocurrió en las elecciones de 4 de marzo es una expresión de ello. Y de seguro vienen nuevos mensajes reordenadores.

Para que toda esta dinámica siga su curso en forma constructiva es factor clave que la atención y la voz de la ciudadanía siempre estén alertas, porque es desde ahí que se generan los insumos de sostenibilidad del régimen democrático y del esquema de libertades. En verdad venimos pasando de la democracia formal a la democracia funcional, y en esa progresión el ánimo y la confianza del ciudadano son factores decisivos. Por eso es tan peligroso que haya tantas dudas sobre la política, tantos reclamos sobre la actuación de los políticos y tantas incertidumbres sobre los comportamientos partidarios y gubernamentales.

De cara a unas elecciones presidenciales verdaderamente cruciales, lo que habría que asegurar en forma impecable es que la voluntad ciudadana se manifieste con todas las garantías del caso. Esto será un hito determinante para definir lo que venga a partir de 2019. La democracia es nuestro marco de vida, y preservarla como tal viene a ser la fórmula vitalizadora del futuro. Cualquier quebranto en ese orden puede ser fatal para el sistema, y habría que evitarlo a toda costa como el mejor servicio al bien común.
 

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