Lo que más ha cambiado en el país es la conciencia ciudadana, y esa es una extraordinaria señal de avance nacional

El análisis sobre el fenómeno real no puede continuar siendo ejercicio casual de sábado por la tarde. Hay que organizarse metódicamente para progresar y para prosperar: nada llega por añadidura.
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Lo que más ha cambiado en el país es la conciencia ciudadana, y esa es una extraordinaria señal de avance nacional

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En el pasado, y cuando hablamos aquí de pasado no nos referimos desde luego a pasado remoto, hablar de conciencia ciudadana —si es que entonces se mencionaba el término— era casi ponerse en el plano de lo abstracto, porque se consideraba que la conciencia estaba en los liderazgos no en la ciudadanía. Por supuesto, los liderazgos fueron, históricamente, los más inconscientes de su responsabilidad, y ese fue uno de los factores esenciales para que la realidad del país llegara al punto crítico máximo que fue la guerra; y, después de concluida ésta, dicho factor sigue siendo determinante para hacer tan difícil superar situaciones de gran complejidad y alto riesgo.

La democratización de posguerra ha venido, sin embargo, a mover factores correctivos, con la ventaja de que dicha tendencia es producto de la misma dinámica del proceso, y por ende constituye un efecto natural. El motor principal ha comenzado a ser la conciencia ciudadana, que se manifiesta cada vez más en el día a día de nuestra realidad colectiva. Esto implica que las posibles manipulaciones del sentir ciudadano desde las distintas instancias del poder, que antes eran tan espontáneamente impunes, hoy se le estén volviendo al poder cada vez más dificultosas y, en muchos sentidos, ineficaces.

Algunos sectores del poder le han apostado a la ciudadanía adormecida y otros sectores del poder le han apostado a la ciudadanía encandilada. Ambas apuestas implican ciudadanía sometida, que fue la condición imperante por distorsión tradicional. Nada de esto puede ser compatible con una democracia efectivamente actuante, y eso es lo que ha impulsado el desenvolvimiento nuevo del rol ciudadano, que ya no sólo es mecánicamente electoral sino que se despliega con creciente influencia participativa. Y es revelador que el mismo concepto de participación haya ido madurando en el ambiente.

Lo que se va manifestando es el espíritu crítico, que está en la base de toda verdadera participación. Y no se trata de crítica intelectualizada en las ideas sino de crítica objetivada en los hechos. La antigua contradicción entre las visiones de derecha y de izquierda, según se han caracterizado por tanto tiempo, ya no es sostenible en la dinámica actual. La petrificación ideológica que imperó en el mundo mientras estuvo vigente la bipolaridad de los grandes poderes que se erigían como modelos de autosuficiencia ha ido quedando atrás, por obra y gracia de la misma evolución histórica. Las ideologías no son dueñas de las ideas, de los idearios y de las estrategias de acción: la misma realidad lo viene demostrando con elocuencia inequívoca.

En el caso salvadoreño, que es al respecto un laboratorio de alto valor ilustrativo no sólo en lo nacional sino también en lo internacional, tuvimos una prueba máxima en lo que a poderío ideológico se refiere: la guerra tuvo dos banderas ideológicas de lucha, que estuvieron agitándose en el terreno de la lucha armada frontal por más de una década. Tiempo más que suficiente para probar el poder de convencimiento de cada quien. Al final, el sentir y el pensar ciudadanos dieron su veredicto: nadie se alza con la victoria militar, todos tienen que besar la correa de la racionalidad política. Del trauma a la normalidad. Se canceló el trauma, pero la normalidad no podía venir por efecto mecánico: había que trabajar tesoneramente para construirla y sostenerla; y es ahí donde no hubo la debida respuesta de los liderazgos encargados de conducir el trabajo. Son esos liderazgos los que están en deuda cada vez más onerosa con la ciudadanía, y esta reclama con creciente apremio que se cumpla con lo adeudado.

Ya no cabe ninguna justificación para seguir dejando responsabilidades y tareas pendientes. Se habla de ineficiencia, pero antes tendría que hablarse de inadvertencia. El análisis sobre el fenómeno real no puede continuar siendo ejercicio casual de sábado por la tarde. Hay que organizarse metódicamente para progresar y para prosperar: nada llega por añadidura. Si se ha dejado que los grandes problemas estén con el agua al cuello, hay riesgo inminente de ahogo nacional, que sería suicida desde cualquier ángulo que se mire. Hace mucho que sonó la hora de la acción racionalizada y concertada, y a estas alturas hasta los ecos asustan. ¿Qué más mensajes de la realidad tendría que haber para que las voluntades nacionales se activen de veras?

Tags:

  • liderazgos
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