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Óscar Manuel Batres B. - Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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La historia de la humanidad está determinada por la aspiración de todos los pueblos a vivir con libertad y seguridad, y que se le respeten sus derechos de tener igualdad de oportunidades para desarrollarse en plenitud. La función del Estado es garantizar esas aspiraciones, facilitar los medios para su desarrollo y garantizar que ningún poder económico, político o social pueda coartar sus libertades para tener acceso a los medios que necesite para su desarrollo o imponer por la fuerza sus intereses. Cuando el Estado falla en considerar esas aspiraciones, y se les niega a sectores representativos de la sociedad sus derechos para hacer sus reclamos, se producen las fracturas sociales que llegan a desembocar en manifestaciones y luchas para corregir las distorsiones que las han producido.

Dependiendo de la forma en que una sociedad decide canalizar y resolver sus fracturas, provocará que el Estado tenga los mecanismos para prevenirlos y resolverlos. Corresponderá a toda la sociedad mantenerse alerta y vigilante para que funcionen apropiadamente y, cuando no lo hagan, hacer los ajustes necesarios.

Así fue como todos los salvadoreños resolvimos unidos la guerra que surgió de la acumulación de conflictos sociales que emergieron a inicios de los setenta y que, como sociedad, fuimos incapaces de prever los daños que ocasionaría. Fue una experiencia que demostró cuánto daño hace a una sociedad tener regímenes autoritarios que cierran los espacios para tratar y resolver sus diferencias. Durante más de 20 años perdimos todos, pero tuvimos la sabiduría y audacia de resolverlo sin vencedores ni vencidos para que todos resultáramos ganadores. El 16 de enero, fecha en que se firmaron los Acuerdos de Paz en 1992, debe ser una fecha para conmemorar la culminación de un proceso que tomó casi 8 años desde que en 1984 en La Palma empezamos a buscar caminos de entendimiento.

Tomando las palabras con las que el español Vicente Rojo describió la Guerra Civil Española, la nuestra fue una lucha que enfrentó "la terquedad contra la tenacidad, la audacia contra la osadía; y también, justo es decirlo, el valor contra el valor, el heroísmo contra el heroísmo porque, al fin, era una batalla de españoles contra españoles". Por eso es que es justo reconocer en estos días tanto a los que lucharon en el campo de batalla como a los artífices del proceso de paz de las dos fuerzas que protagonizaron el conflicto, y recordar a los héroes anónimos de esa lucha que sentó las bases del sistema democrático que hemos venido construyendo.

Debemos recordar estos hechos porque debemos esforzarnos como sociedad para mantener el espíritu que hizo posible terminar el conflicto y que nos dio la esperanza que habíamos alcanzado un nivel de madurez que nos preparaba para iniciar una nueva era, así como había sucedido en Europa y los países asiáticos que quedaron devastados por la Segunda Guerra Mundial, y que ahora son potencias mundiales. Es una tarea que le corresponde realizar a todos los liderazgos nacionales, principalmente la clase política que debe estar a la altura para promover la búsqueda de entendimientos y acuerdos para resolver de manera responsable y consensuada los grandes problemas del país.

Lamentablemente, llevamos varias décadas con el predominio de una clase política mediocre, oportunista y corrupta que en lugar de promover entendimientos ha fomentado la división y la polarización, ha debilitado la institucionalidad democrática y ha llegado a provocar que la ciudadanía desconfíe, y hasta desconozca, que es a través del sistema democrático que podemos trabajar unidos para construir una mejor sociedad. Tan bajo hemos llegado que ahora los líderes nacionales muestran la más crasa ignorancia sobre el significado histórico y el espíritu de los Acuerdos de Paz y están llevando al extremo la descomposición institucional del país para instaurar un régimen autoritario.

Esperemos que la nueva generación de políticos que está emergiendo no desconozca estas cosas y se comprometa a hacer un cambio de verdad para llegar a tener una clase política preparada, honesta y comprometida con la función que les corresponde desempeñar para dar un mejor servicio a El Salvador.

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