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Lo que no incluyen las cifras

El próximo jueves se cumple el tercer año del mandato del presidente Sánchez Cerén y el octavo del FMLN en el poder. Es entendible que cuando un gobernante cumple con la disposición constitucional de rendir cuentas ante la Asamblea Legislativa, el énfasis se ponga en logros que la mayoría no percibe, pero también en los problemas que supuestamente han dificultado un mejor desempeño. En estos últimos nunca faltan los señalamientos al bloqueo de la oposición, el impacto de los eventos naturales, la actitud poco patriótica de los empresarios y, desde luego, la influencia negativa del contexto internacional. Obviamente, esto no podría ser de otra manera. La respuesta de los adversarios también es la misma: maquillaje de la realidad nacional, ineficacia y desperdicio de recursos, visión cortoplacista y opacidad en la gestión.
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El quid está en tratar de discernir si el grado de aceptación o rechazo de la sociedad ante la gestión presidencial es influenciado o no por aquellas actuaciones que ya sea por acción u omisión afectan al conglomerado. Sin embargo, aquel axioma estadístico de que “lo que no se puede medir no cuenta” relativiza cualquier intento de realizar una evaluación comprensiva de la actuación de un gobierno. En cualquier caso, resulta desafiante preguntarse cuál sería el resultado si se pudieran medir casos como:

El irrespeto a la separación de poderes, la falta de voluntad y liderazgo para sanear las finanzas públicas, el blindaje de funcionarios señalados por cometer graves ilícitos, el silencio cómplice para que un expresidente huyera de la justicia, la falta de medicinas en los hospitales públicos, las condiciones precarias en que estudian nuestros niños, los hechos acaecidos a causa del mal uso de los vehículos de CAPRES, la descalificación constante a los magistrados de la Sala de lo Constitucional, el fomento de la desobediencia social, el descrédito en que incurre el país al apoyar a un gobernante déspota, sanguinario, narco y violador de los derechos humanos; la presentación de presupuestos engañosos, la concesión graciosa de bienes públicos sin someterse al mandato constitucional, el impago cuando se tenían recursos para evitarlo, la falta de acciones ejemplarizantes para responder a los llamados a la austeridad, la pretensión del Estado de confiscar el ahorro privado y toda aquella acción orientada a acorralar al sector empresarial, entre otros.

Obviamente todo esto no se hace en solitario ni solo en el ámbito de acción del Ejecutivo, aunque invariablemente los dardos se dirigen al mandatario. De hecho, medio mundo considera que se está en presencia de la figura partido-gobierno. Aun así, las contradicciones entre funcionarios y dirigentes y los errores de cálculo se multiplican. Pero también es evidente que la vocería oficial cada vez da muestras de estar imitando las prácticas hitlerianas de la desinformación. Así, en vez de disimular los errores del gobierno, los magnifica cada vez más, con la manipulación deliberada, la evidencia empírica y el desafío a nuestra inteligencia.

Este tipo de eventos han ocurrido con mucha frecuencia y, aunque no sean objeto de medición cuantitativa como el PIB, la delincuencia, el desempleo o la inflación, se van acumulando en la memoria colectiva para terminar por desacreditar más la gestión gubernamental. Más aún cuando es notoria la ausencia de un esfuerzo genuino para sumar esfuerzos y voluntades a fin de salir del estancamiento económico, combatir sin cuartel la corrupción y más efectivamente la delincuencia, llevar alivio a los más pobres sin tintes ideológicos, proteger el medio ambiente, prepararse para una masiva expulsión de compatriotas desde el norte y, al menos, aminorar la polarización.

En todo esto, tiene una gran cuota de responsabilidad la oposición más visible que dejó para más tarde las soluciones que implicaban desgaste político; también la tiene aquella que se aprovecha de la lucha sin cuartel entre los dos grandes bandos, siempre para llevar agua a su molino. Mientras tanto, crece la sensación de que el país sigue sin rumbo y con grandes riesgos en el horizonte. Y esto, tampoco lo recogen las cifras.
 

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