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Lo que ocurra y nos ocurra en 2017 depende de lo que hagamos o dejemos de hacer como individuos y como sociedad

El Salvador es un país con características muy propias, y uno de los descuidos más deplorables que nos han caracterizado desde siempre es el que deja que todo pase como si la realidad fuera un ejercicio mecánico.
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Lo que ocurra y nos ocurra en 2017 depende de lo que hagamos o dejemos de hacer como individuos y como sociedad

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Estamos por cumplir el primer cuarto de siglo desde que concluyó el conflicto armado interno en enero de 1992. Más allá de las simples connotaciones cronológicas estamos ante una dinámica histórica que presenta variantes sucesivas conforme a los movimientos de la realidad nacional e internacional, porque hoy ya todos estamos ubicados visiblemente en el mapamundi. El Salvador es un país con características muy propias, y uno de los descuidos más deplorables que nos han caracterizado desde siempre es el que deja que todo pase como si la realidad fuera un ejercicio mecánico. Así venimos desperdiciando posibilidades, dejando pasar oportunidades y quedando cada vez más atrapados en lo imprevisible.

Al ver los efectos de esa actitud tan superficial e irresponsable no podemos menos que insistir una y otra vez en el imperativo de tomar posesión de lo que somos para poder organizar la hoja de ruta que nos conduzca a metas identificables y concordantes con las demandas del tiempo actual. ¿Qué será que los salvadoreños hemos sido y seguimos siendo tan negados a vernos en nuestro propio espejo? Es claro que nos ha faltado presencia en el despliegue de nuestro propio destino, y eso justamente es lo que está corrigiendo la realidad, a la que tenemos que agradecerle que lo haga. Todos los signos y mensajes que van apareciendo en nuestra conflictuada cotidianidad apuntan a corregir esa falla histórica recurrente.

Ahora estamos ante 2017, y ya no puede quedar ninguna duda de que lo que vendrá depende de lo que hagamos o dejemos de hacer en lo inmediato. En el país hay una gran cantidad de tareas pendientes, y eso nos demanda a todos tomar acción inmediata que sea a la vez responsable y concertada. Esto viene siendo evidente y urgente desde hace mucho tiempo, y lo incomprensible es que las fuerzas nacionales parecen seguir sordas a ese imperativo tan notoriamente elocuente. ¿Qué más se necesita para que todos entendamos y asumamos que seguir en las mismas es apostarle directamente al desastre nacional?

Hay que reconocer de una vez por todas que la realidad nunca se rige por neurosis ni por fanatismos, independientemente de lo que se haga para querer darles validez. Hay que aceptar que el país es un proyecto en marcha, que necesita conducción coherente. Y al no haber existido tal conducción nuestra sociedad se ha convertido en un vivero de problemas, muchos de los cuales a estas alturas ya parecen insolubles. Revertir tal estado de cosas será sin duda tarea necesitada de gran empeño y de efectiva perseverancia, lo cual sólo podrá lograrse si hay suficientes voluntades puestas en acción de manera integrada.

Subrayamos la palabra “voluntad” porque ahí está el punto clave del ejercicio renovador. A lo largo del tiempo, los salvadoreños nos hemos caracterizado por ser incansables en la búsqueda de soluciones de vida; y el mejor ejemplo de ello es la caudalosa emigración de connacionales que salen a buscar un destino mejor, sin detenerse por las adversidades de cualquier índole. Pero lo que siempre ha faltado es el plan de acción que dirija la voluntad hacia metas programadas a tono con la realidad. Hacer conciencia de ello debería estar en la primera línea de la agenda nacional, que hasta el momento no ha pasado de ser una lista improvisada que va cambiando al azar de las circunstancias.

Hay que programar lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer, tanto en lo individual como en lo colectivo. Eso implica activar otra palabra que tampoco ha estado presente en nuestros esquemas de vida: la palabra “planificación”. Si no se planifica no hay cómo hacer previsible lo que vendrá. Y no todo se pueda prever, porque el futuro siempre es una apuesta abierta: de lo que se trata es de no perder la pista para no malgastar energías ni desactivar aspiraciones.

El futuro siempre trae sorpresas, pero hay que hacer todo lo necesario para que las sorpresas no sean lo usual y para que lo positivo tenga en todo caso más posibilidades que lo negativo. Además, ir a la deriva es condenarse a la inseguridad permanente, que es justamente lo que más nos agobia en las condiciones actuales. Y aquí aparece otra palabra indispensable que hay que hacer valer sin evasivas: la palabra “disciplina”. La necesitamos con urgencia.

En definitiva, 2017 tendría que ser un año de cambio constructivo, tanto en los propósitos como en la estrategia para realizarlos. ¿Es mucho pedir? Cuando se trata de ganar futuro en el mejor sentido nunca es mucho pedir. Animémonos por fin.

Tags:

  • acuerdos de paz
  • conflicto armado
  • realidad
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