Lo que queremos y lo que no queremos del ejercicio de la política

Lo que queremos de la política, pues, es que abandone sus prácticas abusivas y funcione como lo que debe ser: gestora del bien común y del interés general; y lo que no queremos es que siga reciclando sus perversidades para mantenerlas activas.
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Lo primero que hay que subrayar en lo que a la política se refiere es que se trata de un componente inevitable e insustituible de la vida en sociedad. De lo que dice en cuanto al término “política” el Diccionario de la Lengua recogemos tres conceptos muy definitorios: 1. Arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados; 2. Actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos; 3. Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo. Lo teórico y lo práctico en amalgama permanente y constante. No se podría funcionar sin la política, y esto requiere que la política sea funcional. Así ha sido desde que siempre y lo seguirá siendo para siempre. Al ser así, todos tenemos que interesarnos conscientemente en el quehacer político, para que éste no se deje llevar por la tentación de la autosuficiencia, como ha ocurrido tan persistentemente en el país.

Puestos de cara a lo que ha venido siendo el comportamiento político en el ambiente, los ciudadanos estamos en el derecho de poner sobre el tapete lo que queremos de la política y lo que no queremos de ella. Y todo esto hay que vincularlo necesariamente con ese venturoso fenómeno posibilitador que es la democracia en acción. Tengamos presente al respecto que los salvadoreños llegamos a la democracia por necesidad más que por convicción, cuando el régimen autoritario tradicional entró en crisis terminal al agotarse irreversiblemente las posibilidades de reciclaje del distorsionado esquema establecido por tanto tiempo, y eso marca nuestro desenvolvimiento histórico posterior.

Cuando hacemos referencia a lo que queremos del ejercicio de la política lo primero que se pone de manifiesto como función deseable es que ésta les sirva a los intereses de la generalidad y no a las aspiraciones particulares de los grupúsculos que medran en las estructuras partidarias del signo que fueren. Es decir, que la política deje de ser un instrumento de manipulación para pasar a ser una herramienta de superación. Esto sólo podrá ser posible si los distintos liderazgos reconocen y aceptan que su función no es ser autosuficientes sino ponerse al servicio de los intereses superiores que justifican su existencia. Y así, lo que ahora mismo la ciudadanía le demanda a la política es que asuma su rol servicial, dejando a un lado todas las pretensiones de estar olímpica y abusivamente por encima de los intereses generales.

Lo que queremos de la política, pues, es que abandone sus prácticas abusivas y funcione como lo que debe ser: gestora del bien común y del interés general; y lo que no queremos es que siga reciclando sus perversidades para mantenerlas activas. Pero dada la experiencia reiterada a lo largo del tiempo en todas partes resulta muy difícil creer en las intenciones de cambio y confiar en los ofrecimientos saneadores. Afortunadamente, todos los mensajes que surgen del fenómeno real en esta época van apuntando en la dirección renovadora, de seguro por el agotamiento manifiesto de las dinámicas encadenadas al pasado prácticamente en todas las áreas de la realidad. Y al ser así, la política no puede escapar a los señalamientos y a los replanteamientos, aunque haya tantas resistencias a reconocerlo.

En nuestro ambiente, la política estuvo por tradición férreamente amarrada al poder de turno, que por muchísimas décadas se desentendió de toda validación democrática. Desde 1932 hasta 1979 la Fuerza Armada ejerció la gerencia del sistema político, vino luego la guerra interna, producto de distorsiones acumuladas, y al final entramos en la posguerra claramente democratizadora, por la que seguimos avanzando. La política ya no es la entonces, pero muchas de las marcas de entonces continúan siendo visibles. Y en estos momentos hay un impulso de limpieza que pone en evidencia a las fuerzas políticas y a sus liderazgos. La política en nuestro país necesita baño, aunque sea de esponja. Champú depurativo y cremas lubricantes. Y si es posible después un masaje reanimador.

Los escépticos sobre las posibilidades de que la política se recomponga para hacerse confiable tienen un buen cúmulo de argumentos para dudar de que eso pueda concretarse de veras; pero dice la sabiduría popular que la esperanza es lo último que se pierde. Esperemos, entonces, que lo deseado por necesitado llegue a ocurrir. Los salvadoreños hemos vivido significativas pruebas que al final resultaron benéficas, contra todo pronóstico. Y en toda esta temática tan vital bien puede ocurrir esa especie de milagro práctico. Ojalá.

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