Lo que se avizora es una Asamblea en la que ningún partido por su sola cuenta tendrá la llave de las decisiones

Los tres años por venir son decisivos, como nunca antes, para enrumbar al país de una manera segura y consistente, sin ataduras ideológicas ni resabios autoritarios de ninguna índole.
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En la más reciente encuesta de opinión de LPG Datos, realizada entre el 4 y el 8 del mes en curso, la ciudadanía salvadoreña volvió a inclinarse por el equilibrio de fuerzas dentro de la Asamblea Legislativa, con los dos partidos con mayor fuerza de voto en un práctico empate en las intenciones de apoyo ciudadano. Es de recordar que desde 1985, cuando el PDC, que era partido de gobierno, logró la mayoría simple en el cuerpo legislativo, no se ha vuelto a dar el caso de que un solo partido logre dicha mayoría. En 1988 ARENA casi lo logra, pero le faltó un diputado. Desde entonces, y sobre todo al pasar de 60 a 84 el número de integrantes de la Asamblea Legislativa, la mayoría simple y la mayoría calificada han requerido suma de fuerzas. Esto también ha tenido su lado oscuro, porque las componendas entre el partido con más representación y los partidos más pequeños casi siempre han estado determinadas por intereses no confesables.

En esta oportunidad se incorpora la novedad del voto cruzado, lo cual habilita al ciudadano para repartir su voto entre candidatos de distintos partidos políticos. Aunque según los resultados de la encuesta aludida es bastante más alta la proporción esperable de los que votarán por un solo partido, el cruce del voto puede traer algunas sorpresas, en especial en lo que toca a los partidos de menor caudal. Y es que la batalla más dura será sin duda la de los residuos, que cada vez es más notorio que constituyen una distorsión del sistema en general. Por ello reiteramos que todo indica que nos vamos dirigiendo hacia un esquema de jurisdicción distrital, aunque de seguro el tránsito será difícil, porque hay en juego muchos intereses bien arraigados en el ambiente político.

El país, en términos generales, está asediado por una problemática que se ha venido volviendo crecientemente compleja y enredada. Eso enfatiza la necesidad de que los balances institucionales induzcan a impulsar tratamientos y buscar soluciones que vayan más allá de lo que les convenga a fuerzas y sectores políticos determinados. Habría que cuidar la sanidad tanto de las mayorías simples como de las mayorías calificadas, de tal modo que la correlación de fuerzas que surja de las urnas el cada día más próximo 1 de marzo haga indispensables los entendimientos abiertos, en vez de potenciar los arreglos solapados.

Es claro que la línea de avance de nuestro proceso democratizador apunta hacia la interacción pluralista, que deriva en participación real. En el plano municipal esto tendrá que empezar a practicarse a partir de la configuración de los concejos plurales, que estarán por primera vez en funciones a partir del 1 de mayo entrante. En la Asamblea desde hace muchas décadas hay representación proporcional, y aunque el ejercicio prolongado ha ido abriendo espacios para que la participación esté cada vez más presente, todavía hay que trabajar dicho esfuerzo participativo, de tal manera que vaya conduciendo a los consensos de fondo, que son los que faltan.

Las condiciones de la realidad no admiten imposiciones excluyentes de ninguna índole. Esto lo tiene que tener muy presente el electorado al emitir su voto. Los tres años por venir son decisivos, como nunca antes, para enrumbar al país de una manera segura y consistente, sin ataduras ideológicas ni resabios autoritarios de ninguna índole. Nuestra democracia debe avanzar en firme, y para ello se requiere que las distintas fuerzas se responsabilicen de su rol actual y que la ciudadanía redoble su vigilancia sobre todo lo que hacen o dejan de hacer sus representantes.

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