Lo que se está viendo en los nuevos ejercicios de control de la probidad tendrá sin duda efectos aleccionadores en el presente y en el futuro

Es altamente alentador que sean tanto la conciencia como la voluntad ciudadanas las que estén en la vanguardia de todos estos ejercicios destinados a instalar en nuestro ambiente un nuevo modo, más sano y transparente, de hacer las cosas.
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Hay gran expectativa social sobre lo que va a ir resultando de los movimientos institucionales orientados a destapar cajas oscuras del comportamiento público en los altos niveles de las estructuras estatales. El solo hecho de que este dinamismo esté comenzando a darse es indicativo de que nuestra evolución democratizadora va pasando a una fase en la que los viejos letargos provocados intencionadamente por los intereses instalados en las áreas más sensibles del poder van teniendo que ceder ante el impulso de las nuevas energías depuradoras que trae siempre consigo el buen desempeño de la democracia en acción, aunque a ésta le falte todavía mucho trabajo por hacer para sentirse segura de sí misma.

El ambiente se encuentra convulsionado por diversos traumatismos producidos justamente por ese dificultoso ingreso en una normalidad legal e institucional que está siendo requerida desde siempre para que en el país haya estabilidad sostenible. La impunidad es retranca del progreso en todos los órdenes; y el haber vivido tanto tiempo limitados por ella ha sido uno de los impedimentos principales para que nuestra sociedad entrara sin reservas en una nueva época de desarrollo generalizado. Ahora, la misma fuerza de la evolución nacional, que se va acumulando progresivamente, permite que la legalidad vaya emergiendo como lo que es: una garantía superior de la sanidad del proceso.

El tema de la probidad ya puesto en el terreno de las investigaciones y de la eventual judicialización de las mismas crea muchas ansiedades, ronchas y expectativas en un ambiente que, por dilatada tradición, mantuvo cuestiones como ésta bajo siete velos de silencio y, por consiguiente, bajo siete llaves de impunidad. Pero la misma dinámica democratizadora va levantando velos y abriendo puertas, y así llega un momento como el que estamos viviendo en este preciso presente, cuando al respecto se ven cosas que no se habían visto antes. Como es natural, hay muchas imperfecciones institucionales por superar y múltiples escollos de interés político por sortear; pero lo más importante es que toda esta dinámica ha comenzado a manifestarse, lo cual abre nuevos horizontes a nuestra democracia en avance.

Lo que habría que impulsar en paralelo para que todos estos brotes no se vayan a quedar en eso es una cultura de la probidad, que vaya impregnando todas las dimensiones de la vida nacional. Esto implica una moralización generalizada de las conductas tanto personales como sociales, no en un plano teórico por encima de las realidades cotidianas, sino en la interioridad de dichas realidades, que es donde se escenifican los distintos actos de la vida real.

Es altamente alentador que sean tanto la conciencia como la voluntad ciudadanas las que estén en la vanguardia de todos estos ejercicios destinados a instalar en nuestro ambiente un nuevo modo, más sano y transparente, de hacer las cosas. Esto hubiera sido inimaginable hasta no hace mucho, pero el desenvolvimiento del proceso nacional hace su obra en el terreno, lo cual va dejando evidencias que son cada vez menos cuestionables como tales.

Una sociedad moralmente sana es como un cuerpo orgánicamente saludable. Hay que asegurar, con cuantos elementos sean requeridos, la sanidad nacional en todos los órdenes. Y agradezcámosle a los tiempos que están poniendo al respecto lo que les corresponde.

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