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Lo que se ha vuelto imprescindible es generar certidumbre políticay confianza en el comportamiento institucional

En particular los actores políticos, tanto partidarios como gubernamentales, están en la inequívoca obligación de cumplir con sus tareas competitivas y representativas en estricta armonía con el desempeño democrático del proceso.
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Hay en nuestro ambiente una gran cantidad de problemas por resolver y por eso el día a día tanto de la sociedad como de la institucionalidad se halla saturado de demandas y de reclamos, que provienen de los más diversos sectores de la población. Esta carga se vuelve crecientemente imperiosa y desafiante, lo cual tiende a acaparar prácticamente toda la atención tanto en los ámbitos públicos como en los privados. Pero en el trasfondo hay cuestiones que se refieren de manera más específica a las posibilidades reales de entrar en la fase de soluciones que tanto se está necesitando, y para que eso se dé es verdaderamente básico que haya una revisión de las actitudes de todos y un replanteamiento de las voluntades que tienen que estar en juego para que el país encuentre de veras la ruta de su progreso integral.

Aparte de los problemas concretos que nos agobian en la cotidianidad, como decir la inseguridad galopante, la insuficiencia crónica del crecimiento económico y las variadas falencias de la institucionalidad, hay otras cuestiones de fondo que también son altamente problemáticas porque inciden en todo el accionar nacional; y aquí debemos mencionar la incertidumbre sobre el desenvolvimiento de la política y la desconfianza en el desempeño de los distintos actores institucionales.

Es cierto que nuestro esquema de vida política se ha mantenido ejemplarmente estable durante el cuarto de siglo que lleva recorrido la posguerra, lo cual es un bien histórico del más alto valor para el presente y para el futuro, pero al mismo tiempo hay que reconocer, para tener visiones sinceras y realistas sobre lo que pasa y sobre lo que puede seguir pasando de aquí en adelante, que faltan muchas cosas por hacer para que nuestro sistema de vida democrática pueda desenvolverse con el dinamismo que las lecciones vividas posibilitan.

El punto de la certidumbre está umbilicalmente unido al punto de la confianza. La democracia tiene, por su propia naturaleza, márgenes de incertidumbre, porque cada elección es una apuesta abierta cuyo desenlace depende de la voluntad popular en los sucesivos momentos; pero dicha incertidumbre no afecta al sistema, sino que más bien lo dinamiza. La incertidumbre dañosa es la que se refiere a si alguien podrá ser capaz de alterar las bases y las estructuras del sistema. Y aunque entre nosotros no se ven ahora mismo señales de que nadie pueda hacer eso en los hechos, el mantener abierta la posibilidad, así sea por medio del ejercicio retórico, causa daños en el proceso.

La certidumbre a la que nos referimos es un factor resultante de contar con las dosis garantizadas de predictibilidad que sean capaces de mantenerse y funcionar en el tiempo. Y la confianza de la que hablamos es un producto que no se puede dar espontáneamente, sino que requiere fundamentos seguros y verificables en el plano de los hechos. En todo caso es la ciudadanía misma, como actor vital de la democracia, la que debe tener en su mano el medidor de aquélla.

En particular los actores políticos, tanto partidarios como gubernamentales, están en la inequívoca obligación de cumplir con sus tareas competitivas y representativas en estricta armonía con el desempeño democrático del proceso. Si esto no se da no saldremos de ninguno de los atolladeros actuales.

Tags:

  • institucionalidad
  • problemas
  • inseguridad
  • crecimiento

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