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Lo que tendría que prevalecer en el país, sobre todo en el paso de una Administración a otra, es el respeto al interés general

No es hora de aventurerismos de ninguna índole: de lo que se trata es de instalar en el país una renovación auténtica, que esté al servicio inequívoco del bien común.

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Lo que hemos venido manifestando en el curso de este proceso democratizador que tomó impulso después de la conclusión del conflicto bélico por la vía negociada, y que puso a todos los actores políticos por primera vez en el plano de la competencia legal por las más altas posiciones de poder, es la necesidad de que los distintos actores nacionales asuman la responsabilidad de comportarse dentro de dicha competencia como lo que son: gestores de funcionalidad del sistema, independientemente de las líneas ideológicas que representen y de los puntos de vista pragmáticos que los muevan a actuar. Y es por eso que los atrincheramientos rudimentarios y la tendencia obsesiva a las descalificaciones mutuas operan en forma tan perjudicial para el manejo de los distintos asuntos en agenda.

Nos hallamos hoy a unos cuantos días para que se produzca el cambio de Administración presidencial conforme al calendario de relevo en el nivel superior de la conducción política del país, y en esta oportunidad con unas características que son completamente nuevas, porque lo que identifica a esta coyuntura es el hecho inédito de que ninguna de las dos fuerzas que se han hecho cargo de tal conducción en los 30 años anteriores va a ocupar el puesto conductor. Esto ha generado grandes expectativas y múltiples incertidumbres e inquietudes, que ya se verá de inmediato cómo se van manifestando en las decisiones que se produzcan y en las reacciones que deriven de tales decisiones.

Frente a tal estado de cosas, que en gran medida tiene su origen en el descontento ciudadano por la forma en que han manejado la cosa pública los actores políticos tradicionales, que son herederos directos de las líneas de conducta imperantes durante el conflicto armado, hay que propiciar cuanto antes no sólo un cambio de discurso, sino sobre todo una renovación de procederes y de conductas. Para el caso, dos vicios verdaderamente perversos, que se han entronizado en el sistema, son el nepotismo y el clientelismo político, cuya práctica adquiere connotaciones invasivas sobre todo en los Gobiernos más recientes, y ahora mismo antes de que la actual Administración deje sus puestos. Ante eso, habrá que emprender una depuración seria y respetuosa, que implique el compromiso de no repetir dichas conductas viciosas.

Lo que en verdad se ha vuelto cada vez más imperioso es superar los viejos y ya obsoletos moldes del comportamiento político e institucional, regidos por una actitud guerrerista que es totalmente contradictoria con lo que exige el sano desempeño de la lógica democrática. Los actores nacionales están en el deber insoslayable de comportarse de manera ejemplar y ejemplarizante, para poder cumplir de veras con sus respectivas obligaciones. El país y la ciudadanía lo que buscan son resultados constructivos, no choques temperamentales de ninguna índole. Hay que gobernar a fondo, y tanto el Gobierno como la oposición deben ser siempre copartícipes en dicha tarea.

Este es momento de cambio, lo cual significa que la responsabilidad tiene que ser el instrumento de todos. No es hora de aventurerismos de ninguna índole: de lo que se trata es de instalar en el país una renovación auténtica, que esté al servicio inequívoco del bien común.

Estaremos, como medio independiente y orientador sin reservas, muy atentos a lo que pasa y a lo que venga, para acompañar lo positivo y evidenciar lo negativo.

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  • funcionalidad
  • cambio
  • nepotismo
  • clientelismo
  • renovación

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