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Lo que tendrían que hacer los partidos políticos para estar a tono con la evolución democrática y con el aporte constante de la ciudadanía (1)

De seguro la misma lógica de nuestro proceso determina que haya menos cabida para el extremismo realizable más allá de la retórica, que también se va volviendo menos cruda.
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Como se ha dicho tantas veces, en El Salvador se viene dando una dinámica evolutiva de orden político en dos niveles superpuestos: el de la ciudadanía que se desenvuelve por impulso propio pese a todas las adversidades que la han rodeado en el tiempo y el del poder que tradicionalmente logró imponerse sobre todo lo demás. Ejemplos vivos de ambas formas evolutivas son perfectamente identificables en el decurso histórico; y ese doble proceso tiene un primer cruce revelador cuando se da el quiebre de la fórmula autoritaria de ejercicio gubernamental entre 1979 y 1980, y se abre de inmediato el primer capítulo de la experimentación democrática, que sigue viva desde entonces.

Entre aquellos años y los actuales se viene dando otro cruce igualmente revelador: el autoritarismo que desapareció como fórmula sigue vivo como esquema de conducta y la democratización que emergió como fórmula predominante sufre las consecuencias de su propia inexperiencia. Ni el autoritarismo está tan desactivado como pareciera ni la democratización está tan activada como se necesitara. En tales condiciones, es imperativo mantener en alerta todas las antenas analíticas, porque de lo contrario continuaríamos navegando sin brújula por una superficie correntosa en la que es necesario tener perfectamente controlado el rumbo para no perderse en los vaivenes persistentes.

Es indispensable que las actitudes democráticas tomen el puesto que les corresponde, a fin de que no persista en el ambiente toda esta turbulencia de contradicciones que no sólo le ponen obstáculos constantes a la marcha del proceso sino que enrarecen la atmósfera nacional hasta convertirla en un espacio donde todo puede pasar, hasta lo más imprevisible. Cuando hablamos de “actitudes democráticas” nos referimos de manera directa a la forma en que los actores en juego accionan y reaccionan. Para el caso, eso de estar embebidos en el espadeo entre las provocaciones y las contraprovocaciones es la mejor forma de perder el tiempo sin sentido, mientras la realidad se mantiene desprovista de respuestas para lo esencial.

Este es momento más propicio que ningún otro para que se empiece a producir un dinamismo de integración virtuosa entre el sentir ciudadano y el ejercicio del poder, en todas las expresiones de éste, que van desde lo gubernamental en concreto hasta lo institucional en sentido amplio. Esto tiene que enfocarse desde una dimensión más profunda que aquélla en la que prevalecen las ideologías. Éstas en realidad se han venido usando como excusa justificativa para mantener los cómodos prejuicios que imperaban en el antiguo régimen. Afortunadamente, y aunque no lo parezca en muchos de los testimonios factuales del día a día tanto en lo nacional como en lo global, el fenómeno real va moviendo las dinámicas históricas hacia una racionalidad de nuevo cuño.

Cuando se hace un rastreo desapasionado sobre lo que queda de las formulaciones absolutistas que asumieron las ideologías que resultaron fortalecidas al máximo por el fin de la Segunda Guerra Mundial, allá en 1945, se tiene la sensación de estar en presencia de escombros fantasmagóricos. Tanto el capitalismo como el socialismo que entonces se autoproclamaban opciones prevalecientes hasta el fin de los tiempos, hoy están internados en una clínica simbólica para tratar casos extremos de bipolaridad retardada. Y así, los reflejos de aquella fantasía con ansias de supervivencia son recetas para la inoperancia; y ahí están como muestras de laboratorio el proteccionismo que quiere levantar cabeza y el populismo que no acepta rendirse a la evidencia.

El caso salvadoreño presenta sus propias características, que es preciso poner en claro para no caer en figuraciones desproporcionadas. De seguro la misma lógica de nuestro proceso determina que haya menos cabida para el extremismo realizable más allá de la retórica, que también se va volviendo menos cruda. Para el caso, tanto la derecha como la izquierda nacionales van teniendo que sumarse a las relatividades que potencia la democracia. Quedan resabios que no acaban de apagarse como las brasas de un fogón que se va extinguiendo inexorablemente. Esto debe ser tomado como una señal de buen augurio, aunque los protagonistas políticos no acaben de reconocerlo de manera convincente.

Y la coyuntura presente, que se extenderá al menos hasta marzo de 2019, cuando tengan lugar las elecciones presidenciales, mantendrá muy activas todas estas proyecciones. Seamos parte de la coyuntura aportando voluntades y propósitos al dinamismo presente.

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