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Lo único que puede darnos seguridad hacia adelante es una democracia bien vivida

Hay muchos factores negativos y adversos que se mueven constantemente sobre el escenario nacional, y la incidencia de los mismos hace que prolifere la desconfianza, se multiplique la incertidumbre e irrumpa el desaliento por doquier.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Ya está visto y sabido hasta la saciedad que ninguna de esas adversidades puede ser resuelta con meras maniobras políticas, por hábiles que pretendan ser; y es que las visiones parciales y las metodologías parcializadas nunca son capaces de envolver todos los elementos de las situaciones concretas, y más cuando éstas tienen conexión directa con factores estructurales, como es tan común entre nosotros, dadas las condiciones en que se mueve nuestra realidad.

Dicho estado de cosas mueve inmediatamente a la búsqueda de enfoques y de tratamientos consistentes y constructivos. En verdad, lo primero que tendría que asegurarse, con todas las bases y puntales necesarios, es que la lógica democrática está verdaderamente en acción. Dicha lógica no puede dejarse de lado sin arriesgarse a consecuencias de muy alto riesgo. En nuestro caso, aunque la democracia se halla en pie sin dar muestras de quebranto visceral, tenemos que reconocer que hay aún mucho predominio de las diferencias que se dan entre las fuerzas en juego dentro del escenario nacional; pero por la índole y los componentes de ese mismo juego son notorias las dificultades que se presentan a la hora de querer enderezarlo hacia lo sustancial, lo cual implica que hace falta mucho compromiso en la línea de hacer que el ejercicio democratizador sea asumido como una función plena e inexcusable.

El esquema de partidos políticos vigente tiene ya más de 25 años de existencia, y esto le da al país una estabilidad básica que es evidente en los hechos. Pero hay que reconocer sin excusas ni evasivas que eso no basta para que la realidad nacional pueda ser administrada de modo eficaz y proyectivo. Falta que la interacción democrática se realice en toda su potencialidad, de tal manera que la dinámica del proceso pueda irse sosteniendo en acuerdos razonables, que no intenten anular las diferencias sino que eviten la conflictividad tóxica. Hasta la fecha, eso es justamente lo que ha faltado, y por eso se dificulta tanto habilitar las rutas de un progreso que tenga sustentos eficientes.

Esos acuerdos razonables a los que acabamos de referirnos sólo se logran si los diversos actores nacionales, y muy en particular los actores políticos, se animan a reconocerse mutuamente como motores constructivos por su propia naturaleza. En tal sentido, es de la máxima importancia que dichos actores se liberen de retrancas anímicas y de ataduras estériles a fin de activar en forma precisa y eficiente la libertad de estar a la altura de las circunstancias, sobre todo si éstas presentan tantas dificultades, quebrantos y riesgos como los que se dan en nuestros desajustados espacios de vida.

La democracia es un esfuerzo cotidiano, y sólo si se asume en esa dimensión y en esa latitud es posible no sólo mantenerla viva sino también saludable. Lo más benéfico de la democracia es entonces lo que resulta del despliegue natural de la misma: convivencia pacífica, interacción nutritiva, fortaleza creciente, aleccionamiento continuo y estabilidad progresiva.

Pasar de la formalidad a la fertilidad es lo que hace que la democracia pueda cumplir con sus propósitos constructivos y con sus ofertas implícitas. Por fortuna, la opción democrática se instaló en nuestro medio con vocación irreversible, cuando el autoritarismo de larga data colapsó por su cuenta; y ahora lo que nos toca es mantenerla en pie con todas sus energías activadas.

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