Los 2 minutos de odio, en el discurso del presidente

Alguna vez tenemos la suerte de escuchar discursos que revitalizan y exaltan el espíritu.
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Alguna vez al leer la historia, encontramos piezas literarias que enaltecen el alma y se convierten en documentos para la eternidad, como el discurso que pronunció Abraham Lincoln en un solo minuto, en el campo de Gettysburg, en donde elevó a lo sublime el dolor que sufría su gente, llenando de esperanza y de sentido el sacrificio de aquellos que cayeron en batalla y que termina con las eternas palabras: “...Que esta nación, bajo Dios, renazca en libertad; y que el gobierno del Pueblo, por el Pueblo y para el Pueblo, jamás perezca sobre la Tierra”. Así recordamos también el discurso de Luther King, que pronunció en 1963 y en donde también en unos pocos minutos nos habló de su sueño de libertad y de esperanza, diciendo: “Yo tengo un sueño; que un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su declaración de independencia: ‘Sabemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales’”.

Hay tantos ejemplos que sería redundante escribir más, sobre cómo un hombre o mujer brillantes, llenos del espíritu de la verdad y fortalecidos por el ánimo de encontrar el bien común, fueron capaces de exaltar a quienes les escucharon para conseguir juntos ese sueño por el Pueblo y para el Pueblo.

Qué contrastante diferencia la de nuestra tierra... hace apenas dos días, el flamante presidente de El Salvador, cargado de odio y seguramente azuzado por los otros jerarcas rojos que hervían de rencor, porque una vez más la Sala de lo Constitucional impedía que concretaran sus macabros planes de apropiarse del dinero de los trabajadores, ordenó cadena nacional de radio y televisión, en donde en un minuto y cincuenta segundos, vociferó contra los Honorables Magistrados y atacó a la población en general, advirtiendo que no se quedarán de brazos cruzados y que impondrán su voluntad de cualquier manera. En menos de 2 minutos, amenazó veladamente una vez más, con desacatar el fallo judicial y responsabilizó de la propia ineptitud del gobierno en pagar sus obligaciones, a la Sala de lo Constitucional. ¿Es que acaso fueron los magistrados quienes dispusieron miserables mil dólares en el Presupuesto General de la Nación para pagar las pensiones? ¿Es que son estos jueces, quienes gastan todas las semanas el dinero del Pueblo en “festivales del buen vivir”, propaganda y séquitos de guardaespaldas? ¿Es que son ellos quienes se recetan millones de dólares en gastos discrecionales en una partida secreta que cuando menos es inmoral, si no ilegal?

Acusar a los demás de la ineptitud propia y reunirlos en un solo combo, señalándolos falsamente como pertenecientes al partido de oposición, es cuento viejo del marxismo cultural que nos gobierna. Todo el que se oponga al régimen o critique cualquier intento de maniobrar oscuramente será considerado su enemigo; y así un día saldrá en cadena el presidente rojo vociferando contra todos y al siguiente, el omnipotente Lorenzana, advirtiendo que continuarán con sus planes y reiterando lo que horas antes hiciera el jefe del Ejecutivo, al llamar a las turbas (o “pueblo”, como gustan en decir) para que se mantengan alertas por si necesitan sus gritos o algo más.

Siempre me ha preocupado la extraña tergiversación que hacemos los salvadoreños de la historia; nos olvidamos ya de las turbas del FMLN, cuando hace unas semanas intentaron romper los portones de la CSJ o de sus constantes llamados a la anarquía institucional; y seguimos pensando que ya cambiaron y que han adoptado la democracia como su credo.

Pobrecito mi país, ojalá todavía estemos a tiempo de salvarlo.
 

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