Los Underwood de todas partes

Frank Underwood, interpretado magistralmente por Kevin Spacey, es el personaje central y alrededor del cual se desarrolla el universo de “House of Cards”, la premiada serie de Netflix. Y no solo retrata la política estadounidense (¡qué coincidencia que la última temporada inicie con primarias, como ahora viven en Estados Unidos!), sino que en ella vemos reflejadas situaciones ampliamente conocidas en El Salvador, pero también en Latinoamérica, Asia y Europa.
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¿Que si hay políticos dispuestos a todo para escalar al poder, incluyendo el delito? Pues eso es cosa que vemos seguido acá en el país. Vemos el cinismo en su máxima expresión en Underwood cuando exclama, viendo directamente a la cámara al ser juramentado presidente –pasando directamente de ser un congresista y sin haber competido nunca en una elección presidencial– que “la democracia está sobrevalorada” (por cierto, se ve muy bien impresa en camisetas promocionadas de la serie y que son un monumento contra el cinismo de los políticos y la indiferencia de la ciudadanía), pero también vemos las conjuras en todo nivel y en todos los círculos.

En El Salvador, si algo hemos visto últimamente son políticos que han negociado con criminales, se reúnen con ellos, les ofrecen trato preferencial a cambio de votos o que dejen de matarse o que ellos mismos transgreden las leyes, bajo el pretexto que en “en la guerra y en la política todo se vale”.

La gran diferencia de Francis Underwood con los políticos de estos lares (salvo un par que se manejan en las sombras precisamente para no aparecer en el radar de nadie) es que él antepone el poder al dinero. “Qué desperdicio de talento. Él eligió el dinero en vez del poder, un error que casi todos cometen. Dinero es la gran mansión en Sarasota que empieza a caerse a pedazos después de diez años. Poder es el viejo edificio de roca que resiste por siglos. No puedo respetar a alguien que no entienda la diferencia”, exclama en otra ocasión cuando un viejo colaborador suyo aparece como lobista de un poderoso millonario.

Muchos de nuestros políticos prefieren hacer crecer sus arcas personales de fondos públicos. Y para ello tenían de aliada la indolencia e incapacidad de instituciones cuya función debía ser, precisamente, evitar que pasaran estos abusos. Ahora que poco a poco vemos cómo estas instituciones se fortalecen y denuncian las irregularidades y arbitrariedades escuchamos, como respuesta, que hay persecución política y que tal o cual institución están sesgadas a favor de un partido político. Siempre y cuando se ajusten a la ley, el actuar de las instituciones no debe ser considerado como parte de la agenda política de alguien.

En el país estamos inmersos en una sucesión de fenómenos que suceden con tal rapidez que no queda tiempo de reflexionar y profundizar en uno cuando ya está asomando el siguiente. Muchos son producto de la naturaleza política propia del país o el producto de la dinámica internacional. Otros son introducidos artificialmente para que precisamente no tengamos tiempo de reflexionar y profundizar, como el debate en torno de medidas extraordinarias contra la delincuencia y el estado de excepción justo unos días después de la presentación de una reforma al sistema de fondos individuales de pensiones para volverlo un sistema mixto, público y privado: dejamos de hablar de rentabilidad de pensiones, de “solidaridad transgeneracional” y del Estado apropiándose de la mitad de los ahorros de los trabajadores a supresión de garantías constitucionales y campos de concentración para albergar a los millares de pandilleros que serán detenidos.

Al final, todo se reduce a la capacidad de vigilar el poder para no dejar que, independientemente de su ideología, aplaste al ciudadano. Para que no suceda, como dice Underwood: “Solo hay una regla: cazar o ser cazado”.

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