Los aspirantes

Se avecina una nueva contienda electoral para elegir diputados y concejos municipales en nuestro país y muchas personas se alistan para participar. Algunas tienen vocación de servicio. En otras se mantiene el estribillo de gente que ven los cargos políticos como una oportunidad y les dicen: metete ahí, talvez te dan un chance; algunos replican: pero yo no puedo mayor cosa; vos probá, nadie nace aprendido.
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Mucha gente participa en política y obtiene un cargo por tener un ingreso económico, por relacionarse, incluso por ufanarse entre sus pares, pero no tiene la menor idea de la función que representa, como decía Churchill: “El problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles sino importantes”. Todavía pervive esa frase de este gran estadista. No hay político en El Salvador que tenga en estos momentos altas cotas de popularidad. Algunos si van a contender nuevamente tienen que reiniciarse. Otros tienen que cambiar de chip, muchos han visto la política a la bartola. Necesitamos un arquetipo de político, enérgico, vibrante, motivado, arrojadizo, resuelto, como decía Napoleón: “Que tenga sentido común, que tolere las bromas de buen talante, como cualquier mortal, que cometa sus desaguisados pero que no sean muy frecuentes, que tenga metas definidas y capacidad de gestión que no sea un diletante”, tiene que ser un verdadero profesional, como dijo Theodore Roosevelt: “Haga lo que puede, con lo que tenga, donde esté”.

Enamorado de su país, que no le tema a la impopularidad, ni a los cuestionamientos cáusticos ni a la sorna desmedida. Que no se sulfure cuando le contradigan, mucho menos que se desdibuje con animosidad biliosa. Que no pretenda ser ubicuo pero que sí tenga presencia en los momentos álgidos. Que el poder no lo seduzca al vértigo metálico. Que no tenga empacho de zalamería, disciplina que está muy de moda en el país. Por unos “me gusta” en redes sociales que reciben, se vanaglorian que son ampliamente conocidos y gozan de una aceptación nacional.

Hay gente en El Salvador que son buenos aspirantes para servir que no pertenecen a partidos políticos, que tienen sentido de pertenencia de su tierra natal. Talentosos, merecedores de una oportunidad, muchos de ellos, jóvenes, que tienen su propia impronta. No hay que contagiarlos con el sopor de ideologías descafeinadas, ni anestesiarlos con teorías anacrónicas y trasnochadas. La tecnología corre raudamente y los jóvenes la absorben tan fácilmente que a la clase política se les está poniendo difícil hablar una impropiedad.

Dicen que la esencia del engaño es la distracción, cortinas de humo por todos lados, estamos viviendo un juego de emociones. Hacer creer a un país que estamos bien y es todo lo contrario, es un atentado a la integridad intelectual de los salvadoreños. Puede ser un recomendable párvulo pero porque el gobierno no nos dice cómo están las cosas y poder hallarle solución entre todos, pueden salir mejores ideas. Después de todo lo que nos ha pasado y hemos sufrido los salvadoreños: guerra, destrucción, situación económica, inseguridad, etcétera, que vengan con una sopa de pitos y nos quieran “dormir” no está chiche, respetamos sus palabras, que es otra cosa.

Me decía mi madrina: “Mire, ahijado, a mí me gusta el atol, lo que no me gusta es que me lo den con el dedo”.
 

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