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Los brotes de intolerancia extrema que se expanden por todas partes deben generar respuestas que en ningún caso estén en la misma onda

Como hemos señalado cuantas veces ha sido oportuno en el desarrollo de estas reflexiones del lunes, las inimaginadas aperturas que ha traído consigo la globalización en marcha vienen produciendo, en contrapartida, mecanismos de autodefensa que son sin duda, en muy buena parte, resistencias de pasado que ya se había creído intocable. En la evolución histórica no hay nada intocable, y eso tendría que estar sabido desde siempre; pero el ser humano persiste mucho más en lo negativo que en lo positivo, y no puede haber nada más negativo que aferrarse a lo que ya no puede ser. Estamos viendo y viviendo, pues, la tragicomedia más antigua de todas: la que escenificamos los seres humanos con nuestras tozudas imaginerías regresivas.
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Los brotes de intolerancia extrema que se expanden por todas partes deben generar respuestas que en ningún caso estén en la misma onda

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En estos momentos, la imaginería predominante es la del poder en sus expresiones menos racionales, tanto en la derecha como en la izquierda. Y cuando decimos “menos racionales” queremos decir que son aquellas expresiones que van a contracorriente de los tiempos que corren, porque estos tiempos, por su propia naturaleza expansiva y transversal, lo que privilegian es la relatividad en todo sentido y en todos los órdenes, en abierta comparación con lo que sucedía en la era bipolar anterior, cuando parecía que el absolutismo con vestiduras ideológicas era la fórmula llamada a prevalecer en forma indefinida. Y es curioso que tanto en Estados Unidos como en Rusia, las superpotencias de entonces, se esté dando el mismo reflujo.

Desde luego, todos estos brotes tan insanos demandan reacciones que vayan poniendo las cosas en su debido puesto. Y tales reacciones tendrían que estar en línea con la realidad que se manifiesta tanto en los planos nacionales como en los niveles globales. Tal realidad es, si bien se ven los hechos del vivir cotidiano, la constructora de sus propios argumentos normalizadores. Consideremos, para el caso, lo que está pasando en estos días en Estados Unidos, cuando la nueva Administración presidencial apenas tiene unas cuantas semanas de ejercicio: los matices realistas comienzan a hacerse sentir entre las refriegas de la retórica, en temas como la inmigración y los programas de salud. Y es que una cosa es hablar en forma desbordada y otra muy distinta querer poner en acción lo que se dice.

En nuestro país, esta temática tiene sus propias características: aquí no están surgiendo opciones radicales en ninguna de las alas del espacio ideológico, porque tenemos la suerte –y así hay que reconocerlo– de que sujetos políticos de la guerra pasaron a la competencia en el nuevo escenario democrático de posguerra, y ahí han estado durante un cuarto de siglo, lo cual, inevitablemente, ha venido desmontando tentaciones radicalizadas. Aún quedan resabios retóricos que contaminan constantemente la atmósfera nacional, pero no se ven posibilidades para nadie de reimplantar esquemas autoritarios y mucho menos totalitarios. Esto de alguna manera nos inmuniza de vuelcos imprevistos y de aventuras disolventes.

De vuelta a lo que pasa en el mundo, caben pocas dudas de que este es un momento de prueba, que hay que encarar con inteligencia y sensatez. Estamos, de alguna manera, ante la perspectiva de un orden mundial diferente al que ha venido rigiendo, aunque todo hace prever –y ojalá así sea– que de ninguna manera podría ser una reedición y mucho menos un calco del orden existente antes de iniciarse el expansionismo globalizador. La multipolaridad es un hecho propio de los tiempos, y la gestación de un nuevo humanismo de seguro se hará sentir cada vez más en todas las atmósferas planetarias. Esto es lo que hay que potenciar, propiciar y empujar, en una forma de contraataque virtuoso. Hay que tener presente que las nostalgias perversas y los enclaustramientos programados siempre acaban mal para quien los activa.

Confiamos en el proceso histórico como generador y regenerador de sus propias dinámicas. La globalización y la transversalidad son factores de cambio que hoy se manifiestan para todos, aun para los que antes vivíamos en la más densa marginación. Aprovechemos el flujo de los tiempos.

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