Los carceleros de Leopoldo

Hay momentos para actuar, como le reclama al gobierno mexicano la senadora del PAN Mariana Gómez del Campo para que lo haga ya, frente a lo que pasa en Venezuela y no sea cómplice de gravísimas violaciones de los Derechos Humanos.
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Hay tantos temas sobre los cuales escribir, en estas semanas y en este continente.

El caso del fiscal argentino Alberto Nisman. La acusación judicial a la presidente Cristina Fernández de Kirchner (CFK), por encubrimiento. La condena del pueblo argentino al gobierno kirchnerista por el asesinato del fiscal que inculpó a la presidenta: medio millón de personas reunidas, bajo lluvia y en silencio frente a la casa de gobierno. Fue un silencio estruendoso, que solo el gobierno de CFK se resiste a oír. Un silencio muy diferente, por cierto, al que lamentablemente mantiene sobre el caso Nisman el papa Francisco I.

Al pontífice argentino, que sostiene que si alguien te insulta debes darle una trompada (lo ocurrido en Copenhague en alguna forma se inscribiría en esa doctrina cristiano-peronista), solo le preocupa “cuidar a Cristina”, que es lo que recomienda a sus visitantes compatriotas. Y mientras, aparentemente, Cristina cuida a los iraníes y nadie se ocupa de cuidar a los argentinos de Cristina.

Y está Venezuela, que bate todos los récords. La más alta inflación del mundo: 68.5 % en 2014, lejos de Irán (20 %) y Bielorrusia (16.9 %). Aumento del 91.84 % de los precios de la canasta alimenticia en ese periodo. Devaluación del bolívar del 2,700 % a mediados de este mes (en los 16 años del régimen chavista según cálculo de economistas privados la moneda venezolana se ha depreciado frente al dólar en un 30.137 %). Venezuela, ubicada entre los países mas corruptos e inseguros del planeta. El país en el que se han denunciado más intentos de golpes de Estado y magnicidios, todos sin concretar pero a los que da crédito la UNASUR y en función de los cuales Maduro mete a la cárcel, sin ninguna garantía, a los opositores, como acaba de hacerlo con el alcalde de Caracas, Antonio Ledesma.

Y está, además, Leopoldo López, el más emblemático prisionero político del régimen chavista. En la cárcel desde hace más de un año. Uno de los principales líderes políticos impedido de ser candidato en las “democráticas” elecciones en que fue elegido Nicolás Maduro y de las que aún no se ha hecho el “recuento” de votos “exigido” por la UNASUR.

No olvidemos a Leopoldo López. Aunque sean tantos los que lo ignoran. Como el caso del expresidente Ernesto Samper, hoy secretario general de la UNASUR con el aval del gobierno colombiano, que se olvidó de preguntar por él cuando se entrevistó hace unos días en Caracas con Maduro, cuando este le dio “las pruebas” y lo convenció sobre “el golpe de Estado”, con que ahora justifican el apresamiento de Ledesma.

Y es triste también que algunos recién se acuerden. Como el expresidente chileno el derechista Sebastián Piñeira, que mientras fue presidente no levantó la voz contra el chavismo, e incluso llegó a copresidir con la Cuba de los Castro la CELAC (otro sello para la autojustificación y el reaseguro en el poder, como la UNASUR). O el saliente secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, que ahora señala como imprescindible la liberación de los presos políticos para que pueda haber diálogo en Venezuela. O los partidos PP y PSOE de España que reclaman por la libertad de López. El PSOE que desde el gobierno español, junto con el de Lula de Brasil, se transformó en el mayor promotor de Chávez al que calificaba como el presidente más democrático de América Latina. ¿Será por aquello de que negocios son negocios? ¿O será por miedo y para echar tierra encima a Podemos, el vigoroso partido con tintes bolivarianos, que por estos días recibe un creciente apoyo de los españoles, ansiosos de soluciones milagrosas y quizás hasta algo nostálgicos?

Hay momentos para actuar. Como le reclama al gobierno mexicano la senadora del PAN Mariana Gómez del Campo para que lo haga ya frente a lo que pasa en Venezuela y no sea cómplice de gravísimas violaciones de los Derechos Humanos.

Por eso: no olvidemos a Leopoldo López, ni culpemos de todo a Maduro.

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