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Los conflictos interinstitucionales hay que irlos administrando y previniendo en función de país

Hay que potenciar los dinamismos constructivos en vez de estar en eso de promover obsesivamente las prácticas distanciadoras y rupturistas.

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Como hemos insistido de manera incesante en los tiempos más recientes, hay una tarea pendiente que debe ser asumida y atendida sin ningún género de evasivas: el manejo concertado de la problemática nacional en línea hacia la búsqueda de soluciones verdaderamente efectivas para los diversos problemas que nos aquejan, y que en tanto más se mantengan pendientes mayores son los riesgos que asedian al proceso nacional. Pero no sólo los problemas en sí están siendo generadores de situaciones conflictivas en los diversos planos institucionales, sino también las contingencias específicas que afloran en el ambiente se vuelven focos de conflictividad que contribuyen notablemente a perturbar la atmósfera tanto política como institucional, con los efectos desarticuladores que están a la vista en todo momento y las consecuencias adversas que eso acarrea.

En muchos temas que requieren decisiones al más alto nivel se ha vuelto cada día más común enredarse en un juego de aprobaciones legislativas y de vetos ejecutivos, como si se tratara de un pimpón interminable; y lo primero que habría que tener presente es que lo que el país y su proceso más necesitan en las actuales circunstancias y en todas las que se irán presentando de aquí en adelante es coherencia de interacciones institucionales y manejo sano de las diferencias naturales que se presentan en todo ejercicio auténticamente democrático. Al respecto, no nos cansaremos de reiterar el imperativo de que los distintos actores nacionales pongan en acción constante la madurez de los propósitos y de las acciones y el equilibrio resultante de una sana gobernabilidad.

Temas en cuestión hay muchos, pero forma de tratarlos como debe ser sólo hay una: la que se mueve con espíritu de darle curso al bien común y de integrar propósitos y energías en un esfuerzo de racionalidad consecuente y eficiente. Para el caso, una cuestión sensible en todo sentido es la que se refiere a la aprobación y vigencia de la Ley Especial de Justicia Transicional, Reparación y Reconciliación Nacional. El punto es sumamente crítico e intensamente opinable, porque hay tres elementos presentes: los derechos de las víctimas y la identidad de éstas conforme a lo que se dio de veras en el terreno de los hechos, la consistencia de los tratamientos de las acciones depredadoras y la realidad del paso del tiempo. Ya se aprobó la ley, casi al filo del tiempo para que concluyera el plazo para hacerlo, y habrá que ver lo que viene de inmediato. Ojalá que no sea más conflictividad virulenta, porque entonces no se trataría de reconciliación sino de más enfrentamiento.

En nuestro país se están dando múltiples novedades evolutivas, tanto en lo político como en lo socioeconómico; y para que eso se desenvuelva con la normalidad que nos conviene a todos es preciso que afloren las voluntades de hacer que la democracia funcione de veras, no como campo de batalla sino como espacio de interacción. Anímica y procedimentalmente hay que dejar atrás toda tentación belicista, para dejar que prevalezcan tanto el buen juicio como la sana práctica.

Lo primero que hay que buscar y lograr para que la situación general del país no se siga enredando hasta ser inmanejable es que se le abran espacios a la comunicación entre las diversas fuerzas y liderazgos en juego.

Hay que potenciar los dinamismos constructivos en vez de estar en eso de promover obsesivamente las prácticas distanciadoras y rupturistas. Continuar abriendo zanjas de incomunicación y de rechazo es lo peor que puede ocurrir.

Decidámonos todos a oír las voces de la ciudadanía, y no para usarlas como instrumentos de lucha sino para transformarlas en iniciativas de paz y de progreso, que es lo que la realidad nos está demandando.

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Tags:

  • coherencia
  • reconciliación
  • democracia

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