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Los defectos de carácter y el nivel cultural

El mundo está enfermo, el país también lo está.
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La venganza, el resentimiento, la soberbia, la envidia, son algunos de los defectos de carácter que destacan en las actitudes de muchos ciudadanos de este país y como me aseveraba un amigo, a quien le comentaba estas impresiones, “todo el mundo está padeciendo de algo parecido a una crisis”. Fenómeno que se suscita cuando sociedades como un todo pierden un patrimonio común: La Esperanza, y manifiestan su descontento individualmente con actitudes agresivas que reflejan esa circunstancia.

Mis preocupaciones son las de un ciudadano salvadoreño común y corriente, a quien le preocupa su entorno inmediato “que sobrepasa su metro cuadrado”, se hace necesario aclarar. Me preocupa sí, las generaciones futuras y en un afán de contribuir con una especie de contraloría social sin recibir nada a cambio, valga el término, y con él afán de poder compartir un legado de opinión desinteresada y apartidista, me agrada opinar.

No puedo dejar de preocuparme entonces y concluir que la crisis es más de orden político-cultural que socio-económico, puesto que el primer binomio es más de orden estructural que coyuntural y eso significa que se requiere de cambios importantes que alteran la esencia de una sociedad, puesto que necesita con urgencia una remoción de los cimientos en que este conglomerado se ha formado por siglos.

Como casi equivale a modificar o formar nuevamente el país, se necesita de “políticos y figuras relevantes capaces de tomar la decisión de llevar adelante reformas sustanciales”, puesto que el acompañamiento de lo cultural implica alterar el conocimiento, las creencias, la ley, la moral, las costumbres y todos los hábitos de los individuos de una sociedad

Compleja tarea que requerirá la participación ciudadana efectiva en un objetivo común de sanear un país e inmunizarlo contra los males que esta padece y que todos los salvadoreños conocemos y observamos a diario y que resulta repetitivo el mencionarlos. Pareciera que las sugerencias están agotadas. No hay que perder la fe, me decía él anónimo amigo, y pudiera la repetición de opiniones personales o del entrecomillado de las contribuciones de versados editorialistas publicadas en este medio de comunicación, dar resultado algún día con insistencia, mucha necedad y sobre todo con fe.

Cuándo sucederán esos ansiados cambios, no lo sé, pero sí estoy seguro que fe sin obras no funciona y sin un acuerdo nacional es imposible. Una coyuntura económica favorable puede surgir por fenómenos exógenos favorables y endógenos también, por políticas económicas eficaces, en un principio de orden fiscal orientadas a la austeridad del gasto corriente, sin menoscabo del gasto de capital. Nuevos impuestos podrían surgir en un contexto de política fiscal y no de simple recaudación. La inversión privada con un acuerdo nacional podría verse estimulada en los próximos años.

Cambios sensibles en el ingreso por habitante y movilizaciones sociales perceptibles pueden surgir como producto de ese mayor crecimiento económico, pero por enésima vez un Acuerdo Nacional tiene que darse, como decían los abuelos: por huevos y por candelas. Es que solo hay una premisa correcta en el caso específico de El Salvador y ese es un Acuerdo Nacional y es porque una sociedad enferma para recibir tratamiento tiene que estar decidida a curarse.

Este país resurgirá, se renovará sin duda alguna y las generaciones que no quisieron dejar los cimientos de un futuro serán recordadas como angustiadas, sin visión, egoístas, con otros defectos de carácter y un nivel cultural de subdesarrollo.

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