Los desafíos políticos, sociales y económicos están en la primera línea de la agenda nacional y hay que encararlos sin tardanza

Hagámonos cargo del momento actual poniendo todo lo necesario para que los signos del desarrollo vayan apareciendo cada vez con mayor evidencia e impulso.
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2016 está ya sobre el terreno y las tareas por hacer en el país presentan apremios cada vez más demandantes e impostergables. Como se sabe hasta la saciedad, los salvadoreños vivimos asediados por el crimen en sus diversas expresiones y seguimos atrapados por la insuficiencia del crecimiento económico. En tales condiciones, lo natural sería que las distintas fuerzas políticas hicieran cuerpo para enfrentar todos los grandes desafíos en juego; pero deplorablemente no es así: por el contrario, las divisiones son las que prevalecen y los desencuentros son los que se van activando cada vez que hay necesidad de desarrollar esfuerzos en común.

Vamos llegando ya al primer cuarto de siglo desde que concluyó el conflicto bélico, y en lo que a inseguridad se refiere hemos ido de mal en peor. Hay planes, programas y estructuras en acción; pero al no haber un proyecto integral e integrado casi todos los esfuerzos se van quedando muy por debajo de las expectativas. Hoy que está iniciando 2016 es momento más que oportuno para ordenar la mesa, porque la población no sólo quiere acciones protectoras en el terreno sino, sobre todo, señales convincentes de que la problemática ha entrado en vías de solución real y total.

En lo económico hay que proponerse también, en serio y con todas las de la ley, que el país arranque de veras en forma sostenible hacia un desarrollo que no esté constantemente amenazado por la volatilidad de los posicionamientos ideológicos. Ahora mismo no se tiene certeza sobre el rumbo económico del país porque, en principio, se sigue dando un pulso artificial entre posiciones extremas, sobre todo a raíz de que el partido de gobierno ha levantado de nuevo la bandera del socialismo, que por cierto está en crisis reiterativa en nuestra área latinoamericana.

Sería hora de tomar en serio la racionalidad que se requiere para no hacer movimientos improvisados que puedan traer más perjuicios que beneficios. Es el caso del salario mínimo, que desde luego es un factor muy determinante de la disponibilidad económica de la ciudadanía en general, pero cuyo tratamiento hay que manejar no sólo en función de las necesidades individuales sino también en razón de su incidencias en el desempeño de la economía en general. La experiencia de todas partes enseña que los desajustes sociales no se resuelven con políticas basadas en el interés coyuntural, sino con mejoramientos sistemáticos de las condiciones de trabajo y de vida.

Toda la problemática nacional hay que encararla con espíritu constructivo, y por ello en el umbral del año lo pertinente es que hagamos un voto de confianza en el país, pese a todas las adversidades que nos agobian. El ánimo nacional tiene que acogerse a la esperanza en un El Salvador que pueda superar los obstáculos que se van presentando en la ruta del progreso, que siempre es compleja y aleatoria. Por eso resulta tan vital generar confianza en todos los órdenes y desplegar estímulos animadores de la proyección y de la acción.

Hagámonos cargo del momento actual poniendo todo lo necesario para que los signos del desarrollo vayan apareciendo cada vez con mayor evidencia e impulso. Ningún propósito puede ser superior al de salir adelante como individuos y como colectividad. 2016 tiene que ser un año de despegue real.

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