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Los dinamismos políticos globales están expuestos hoy a trastornos de todo tipo, y eso mantiene a la humanidad en ascuas

Lo que vemos a diario en el escenario global es un desconcierto creciente por el cúmulo de situaciones que se van presentando por doquier y que constituyen novedades en muchos sentidos sin precedentes.
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Los dinamismos políticos globales están expuestos hoy a trastornos de todo tipo, y eso mantiene a la humanidad en ascuas

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 No todo lo que pasa es negativo, por supuesto, pero lo que más inquieta y angustia es el debilitamiento progresivo de la previsibilidad: en cualquier momento puede pasar cualquier cosa, como en un juego de azar disfrazado de eventualidad histórica. Desde luego, esta nueva realidad en movimiento no ha surgido de la nada: durante la época anterior a la actual, es decir, en aquélla en que las superpotencias estaban erigidas en deidades invulnerables, se estableció en el mundo una especie de mecánica artificial, que tenía como instrumento superior un teléfono rojo. Eso cayó por su cuenta cuando tales superpotencias mostraron sin proponérselo sus mutuas falencias esenciales: la Unión Soviética se derrumbó por sí sola; Estados Unidos no pareció reponerse de tal vacío. Ha pasado más de un cuarto de siglo desde aquellos sucesos inesperados que se dieron en 1989, y pareciera que aún no hay una hoja de ruta confiable en este nuevo terreno abierto que hemos dado en llamar globalización.

La política anda vagando por el mapamundi como si padeciera amnesia selectiva: sólo recuerda lo que quiere recordar. Esta, por supuesto, es la vía más segura hacia el desconcierto generalizado. Prácticamente no hay zona del mundo donde no se produzcan aconteceres fuera de control, y eso deja, en primer término, una sensación hasta hace poco insospechada: que los aciertos y los errores se pueden presentar en cualquier sitio, sea del ingenuamente llamado Primer Mundo como del despectivamente llamado Tercer Mundo o Cuarto Mundo. En el llamado Primer Mundo las torpezas y las locuras también son el pan de cada día. Y entonces ya no hay hacia dónde escapar: todos, en nuestro respectivo espacio, tenemos que hallar las vías de la autorrealización, tanto personal como colectiva. Porque la emigración también está en crisis, aunque se siga viendo como una salida de emergencia.

Lo que pasa en el Medio Oriente es traumático al máximo. En gran medida esos trastornos caóticos provienen de los errores de Occidente, que ha querido cambiar ahí las cosas como si fuera un juego de naipes. La cultura de cada zona y de cada país puede evolucionar, pero al ritmo de la lógica histórica. Querer imponer transformaciones fundamentales en forma compulsiva lleva a los traumatismos más incontrolables. Lo vemos en el día a día. Y lo peor es que reparar los daños se vuelve tarea no sólo de alto riesgo sino de altísimo costo. ¿Entenderemos? ¿Aprenderemos?

Estados Unidos se halla ahora mismo ante un autodesafío sin precedentes: el próximo 8 de noviembre se definirá una contienda presidencial que hubiera parecido insólita en cualquier momento anterior. La batalla ha sido cruenta y el electorado parece indeciso porque ninguno de los dos candidatos es claramente elegible. El señor enarbola la ilusión de la grandeza conforme a los parámetros del pasado y la señora parece andar a la deriva entre las posibilidades del presente. Uno se pregunta: ¿Cómo es posible que en una sociedad tan superpoblada de talentos y en una democracia con tanta experiencia recorrida se esté dando esta disyuntiva que parece broma cuando estamos en un momento en que todo lo fundamental hay que tomarlo en serio? Crucemos los dedos, para que lo que venga sea lo mejor posible, porque es una decisión que de alguna manera nos afecta a todos.

Nuestro país, pese a todas las incongruencias y los desatinos que circulan por el ambiente, se mantiene firme en su esquema político básico. El esquema no es el problema, sino los actores que se mueven en el escenario. Los actores y el libreto, que no está actualizado. Ninguna de las fuerzas políticas ha puesto al día su ideario, y por eso un día dicen una cosa y al día siguiente dicen otra. Lo que se requiere, pues, en primer término, es que nos pongamos en onda con la realidad tanto nacional como internacional, para saber qué queremos y por dónde tenemos que ir para conseguirlo. Agradezcamos que la realidad histórica no nos haya despistado del todo.

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