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Los dueños

José Arcadio Buendía murió creyendo que el hielo era el gran invento de nuestro tiempo. Pero no conoció a la política.
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La bandera del partido ondea en la casa del vecino. Está tan sucia como aquellas piscuchas que sobrevivían a octubre trabadas en los cables del alumbrado. Él decoró su balcón con la bandera antes de las penúltimas elecciones. Sigue colgada ahí, sin pudor, porque le gusta cómo ondea. Además, es su partido.

Y ese es el gran éxito de la partidocracia en El Salvador. Esos cientos de miles de vecinos que creen que los partidos políticos son suyos. Algunos son tan gráficos como para decorar su casa con la bandera del Frente o la de ARENA, pero la mayoría es tan sofisticada que nunca se metió en el bolsillo un calendario con la foto de Schafik o la de Saca chineando a un crío. Mas no importa lo discreto que se sea, en un pedazo del corazón el salvadoreño lleva la banderita (y con ella todo el set: los héroes, los villanos, qué hacer con Monseñor, amnistía sí o no...). Por un acto de simplificación mental, el ciudadano ve reflejado su sistema de creencias en el partido, y siente al partido tan suyo como siente al país.

Pero en la práctica, todo eso es fábula, cuenterete, basura.

De a poco y pese a la resistencia de todos los políticos, se nos revela quiénes patrocinan a cada partido. Y con cuánto. Y si ponemos atención y revisamos la agitada agenda nacional de los últimos años, entendemos por qué el repentino interés de algunos diputados en ciertos temas, sus incendiarios discursos a favor o en contra de ciertas regulaciones, incluso los ridículos que algunos han sufrido en público cuando se les fue la mano en eso de honrar a sus sponsors. Entendemos por qué les molesta este o aquel impuesto, por qué quieren más Estado o más mercado. Es porque cada partido, una vez disipado el polvo de las elecciones e instalados en el poder, municipal, ejecutivo o legislativo, actúa como una sucursal de sus patrocinadores.

Si en ARENA la divulgación de los nombres de sus principales financiadores duele por su carácter potencialmente inflamable a pocas semanas de la elección de un nuevo COENA y porque confirma su cordón umbilical con específicos intereses económicos, en el Frente pujan por esconder esos datos ante la amenaza de un escándalo. El secretismo en el que el partido oficial pretende mantener esa información es congruente con la falta de transparencia en la que se mueve un círculo dentro del mismo Gobierno. Es un club de gente que, en un acto de darwinismo ideológico, pasó de la militancia a la Ho Chi Minh a un liberalismo filibustero.

De cara a ese grupo, a esa reconocible facción de matones que opera bajo la cálida colcha del Gobierno, es fundamental acceder a esos datos para confirmar qué porcentaje aporta ALBA, e indagar si pese a lo amargo de su relación con Mauricio Funes, el gran capital nacional no quiso correr más riesgos y también ha invertido en el FMLN. O en esa facción.

Lo urgente, pues, no es que mi vecino quite su bandera del balcón. Tampoco que se entere que los servidores públicos son empleados de otra gente. Lo que urge es que sepa quiénes son los dueños de la política en El Salvador.

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